Bitacora de Taller, Obra reciente Mauricio Miranda Bitacora de Taller, Obra reciente Mauricio Miranda

Apariciones de taller: "Hambre" y "Cangrejoyote"

Apariciones de taller: "Hambre" y "Cangrejoyote". Un retorno al color, a la densidad de la textura y al gesto sin un fin específico, explorando el proceso intuitivo sobre el lienzo.

Hay un punto en el proceso creativo donde el empeño por lograr que algo se parezca a algo termina por asfixiar la pintura. En la búsqueda constante de traducir ideas o complacer expectativas, se corre el riesgo de perder el objetivo esencial por el cual se empezó todo: la vivencia pura del momento en el taller, eso que nos hace amar el instante en que lo hacemos.

Estas dos obras nacen de esa necesidad de pausa y redescubrimiento. Un retorno al color, a la densidad de la textura y al gesto sin un fin específico.

Obra: Hambre

Hambre

Óleo y técnica mixta sobre lienzo

Hambre es un proceso de redescubrir la pintura a través del dejarse ir. Es una obra que busca contenerse en sí misma y existir en su totalidad, inundada de posibilidades de expresión sin la atadura de un cálculo previo.

Entre capas densas de azul profundo y surcos incisos sobre el pigmento, emerge una forma primaria, voraz y elemental. No busca ilustrar; busca encarnar ese impulso primario, la apetencia creativa que devora y construye desde la materia.

Disponible: en Galería Mauro


Obra: Cangrejoyote

Cangrejoyote

Óleo y técnica mixta sobre lienzo

Cangrejoyote surge de ese mismo diálogo libre con la superficie. Es la aparición de un animal extraño, lúdico y gracioso que emerge entre pinceladas de terracota y anaranjado encendido sobre un fondo oscuro y terroso.

Sin buscar una referencia zoológica real, la forma se construyó a sí misma: una criatura híbrida que sostiene la mirada con humor y misterio, recordando que la figura no tiene que explicarse para tener presencia viva en el lienzo.

Disponible: en Galería Mauro



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Mi Proceso Mauricio Miranda Mi Proceso Mauricio Miranda

Turbanidad (2006): La memoria análoga, el desecho y el grito

Turbanidad (2.00 x 1.20 m) nació sobre un pedazo de aglomerado de desecho. El escaneo de una foto análoga tomada en 2006 de una obra que marcó el rumbo de mi trabajo: el rechazo al arte dulce para dar paso al grito de nuestra realidad.

Turbanidad

Turbanidad (2006)

Esta foto no salió de un teléfono. Es el escaneo de una fotografía análoga, tomada en un tiempo donde ni los celulares ni las cámaras digitales estaban a mi alcance.

Turbanidad (2.00 x 1.20 m) nació sobre un pedazo de aglomerado recuperado de una división de casa que tiraron a la basura. Le armé su propio marco en el taller y sobre ese soporte de desecho volqué la realidad del momento. Se cumplían 10 años de la firma de los Acuerdos de Paz en Guatemala, pero en las calles la violencia se cruzaba como una red oscura de muertes, igual a la que vivimos hoy. La obra era una sátira irónica y dolida de cómo nuestras calles y avenidas se convertían en el escenario de ese acontecer trágico.

Perteneció a una exposición que monté en El Sitio Cultural, una muestra que marcó definitivamente el rumbo de mi trabajo. Ahí entendí que a mí no me servía un arte dulce, ni la perspectiva romántica e idílica que maquilla la realidad. La belleza se empaña precisamente por aquello que nos queremos tapar los ojos para no ver.

Esta obra me dejó una cicatriz que no va a cerrar nunca, el testimonio de un dolor causado por una realidad angustiosa que escapa a toda interpretación. Buscar culpables y verdugos ya hasta cansa, porque el daño ha sido profundo. Y sin embargo, la paradoja del arte: la pieza no duró ni una semana expuesta cuando ya se había vendido.

Los años pasan, los soportes cambian, pero la intención y la verdad del trazo en el taller siguen siendo las mismas.

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La Noche de los Sismos

Una respuesta pictórica e intuitiva a los eventos de julio de 2025 en Santa María de Jesús. Entre la vulnerabilidad del enjambre sísmico y la tensión social, esta obra explora la luz, el silencio y la tragedia colectiva a través de un diálogo directo con la tradición visual de Goya.

Título: La noche de los sismos

Técnica: Acrílico sobre lienzo

Año: 2025

Dimensiones: 52 cm X 41.5 cm

Disponible en galería

En julio de 2025, un enjambre sísmico azotó la región de Sacatepéquez, teniendo como epicentro las faldas del Volcán de Agua, en Santa María de Jesús. Fueron días y noches de angustia constante, pero en Santa María la situación se volvió crítica: el pueblo quedó completamente a oscuras, incomunicado y sumido en el miedo de las réplicas nocturnas.

En medio de esa vulnerabilidad y la absoluta falta de luz, la tensión escaló. Desconocidos intentaron aprovechar el caos para saquear las casas de la gente golpeada por la emergencia. Acorralada por la falta de autoridades y la desesperación de proteger lo suyo, la comunidad reaccionó en masa y tomó la justicia por sus propias manos.

Preparando fondo de lienzo

Vi la noticia en los medios y la imagen me golpeó la conciencia. Sin juzgar —imposible hacerlo desde afuera cuando la comunidad lidiaba con el miedo y la supervivencia— me paré frente al lienzo. La pintura fluyó con la urgencia de pertenecer a este país noble, pero atravesado por dolores y conflictos sin resolver.

aplicando luces y elementos

Resuelta prácticamente con un solo pincel, busqué capturar la luz que salía de esa escena y el silencio denso que queda después de los gritos. Una luz de fuego que de lejos parece un encuentro comunitario, pero que guarda el peso de un ritual trágico. Como en los tiempos de Goya: la luz, la sombra y el testimonio de lo que somos.

Fotografia original de Noti Sacatepequez

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Arte con valor, Mi Proceso, arte visceral Mauricio Miranda Arte con valor, Mi Proceso, arte visceral Mauricio Miranda

Camino torcido

Camino torcido, ¿por qué debería caminar recto? Una reflexión sobre el trazo, la materia y la necesidad de abrir un camino propio frente a las rutas ya trazadas. Técnica mixta sobre lienzo con bastidor.

Camino torcido, ¿por qué debería caminar recto?

Camino despacio, ¿por qué debería caminar rápido?

Este mundo te obliga a avanzar sin detenerte; le gusta tenernos corriendo, agitados, sumergidos sin descanso y sin paz.

¿Por qué debería caminar recto? Y si camino recto, ¿por qué debería torcer mi rumbo?

No necesito rutas ni GPS. Tampoco copiar las huellas de otros si puedo abrir mi propio paso.

¿Acaso no a eso venimos? ¿Acaso no nacemos para crear camino?

¿Acaso no nacemos para descubrir nuestro trayecto? ¿Por qué presionarnos a seguir rutas ya hechas o a buscar el mapa de alguien más?

Ante el abuso constante de las indicaciones y las señales, ¿no sería mejor seguir avanzando? ¿No sería mejor, aun torcido, seguir caminando antes que buscar esos viejos senderos corruptos, cansados y manchados?

Tu camino y el mío no son el mismo. Entonces, ¿en qué quedamos?

En que no hay rutas ni destinos. Solo hay que caminar, seguir y persistir.

¿Por qué? Porque es la única vía.

Y entonces, ¿no hay camino? Claro que no. Solo hay un insistir. En ese insistir es donde encontramos la marca de nuestro propio paso: un trayecto que vamos haciendo y también borrando. No heredamos caminos; heredamos huellas.

Y no son señales, son huellas nada más que identifican a quien las dejó. Un recordatorio para cada uno de que tiene que encontrar su propia marca.

Técnica mixta sobre lienzo con bastidor.

Medidas: 50cm X 39.5

Año: 2026

Disponible. Consultas o adquisición por mensaje directo o correo.

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El Niño 2027 y el coro de la realidad: sobre el miedo humano y el canto presente de las aves

Un agradecimiento por la lluvia que se transformó en una reflexión sobre el miedo a 'El Niño 2027', el ruido de los medios y la lección presente del canto de las aves. Proceso y Bitácora de la obra (Técnica mixta sobre cartón).

Propuesta de montaje: Visualización (mockup) de la obra con idea de marco industrial en madera recuperada y acero

Nació en agosto de 2026, con la primera lluvia cayendo sobre la lámina de zinc de mi taller. Empezó siendo un gesto sencillo: un agradecimiento puro por el agua.

Sin embargo, mientras el cielo se abría y el sonido de las gotas marcaba el ritmo en el techo, mi mente se cerraba en el miedo. Estaba absorto en la adicción a las noticias catastróficas, en los pronósticos de desastres y en esa culpa constante de saberme parte de una especie destructora. Mi angustia intelectual pretendía adueñarse del futuro con malos cálculos y temores sobre un "Súper Niño" devastador.

Este es el primer bosquejo de la obra sobre el formato de cartón

Pero en medio de mi tragedia egocentrista, el fondo del taller se llenó de vida. A través de la lluvia se dejaba escuchar el canto de diversas aves de la zona. No cantaban por compromiso ni por rutina; daban verdaderos gritos de alegría por la lluvia que caía.

Movido por la curiosidad, usé la aplicación Merlin Bird en el teléfono para identificar quiénes eran mis vecinos de patio. Logré registrar cinco especies cantando al mismo tiempo: el Carpintero, el Cut cut, el Colibrí, la Chorcha y el Pijuy.

Ese momento fue una lección de humildad brutal. Las aves se convirtieron en mis maestras. Mientras yo cacareaba mi angustia antropocéntrica y leía boletines de prensa, ellas simplemente celebraban el presente. Hoy mi ciencia catastrófica había fallado; no había desastres, solo vida sucediendo. Las aves parecían reírse de mi falsa angustia y me cantaban para decirme: "Regresa al presente, que tu catástrofe es solo tu imaginación"

Rompiendo con el proceso, interviniéndolo

De esa paradoja nació la obra. Intervine el soporte de cartón pegando el titular de prensa sobre la naturaleza dibujada, atrapando al personaje central en un halo de textura, dorados y pigmentos. 'El Niño' es el espejo de esa incoherencia humana: el ego que se apropia del desastre y se cree protagonista, frente a la nobleza de la naturaleza que nos observa sin mentiras.

Título: El Niño
Año: 2026
Técnica: Técnica mixta sobre cartón (acrílico, tinta, tiza/pastel y collage de prensa)
Soporte: Cartón reciclado
Estado: Disponible / Serie Bitácora de Talle: Obra terminada sin marco

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El proceso sobre el resultado: reflexiones sobre el acto de crear.

Reflexiones sobre la presencia, el hábito creativo y la importancia de enfocar el arte como un proceso constante y no solo como un resultado. Un vistazo a la filosofía de 'El Acto de Crear' de Rick Rubin.

Recuerdo allá por 1998, cuando empecé a cultivar el hábito de pintar y de crear con las manos, que había algo más que emocionante en el proceso: algo que llenaba por completo. Es esa felicidad honesta que aparece cuando logramos estar verdaderamente presentes en lo que hacemos, dejando ir la angustia por el futuro y la culpa por el pasado.

El maravilloso libro de Rick Rubin es revelador y necesario; nos devuelve la claridad de entender por qué crear es un proceso y no un simple resultado.

En un mundo donde nos exigimos demostrar, competir y ganar, hemos ido perdiendo la esencia del hacer creativo: ese momento íntimo de total absorción por el presente donde somos reales. Paradójicamente, es al soltar la búsqueda del resultado cuando surgen las obras más únicas.

De muchos libros sobre arte y creatividad, el de Rick Rubin toca la vida misma, porque ¿qué es la vida sino este instante? Es maravilloso regresar constantemente al presente para recordar lo que a veces se nos olvida: que nuestra labor es sencillamente crear, hacer, pintar y resolver.

En nuestra época, El Acto de Crear no va dirigido solo a artistas; funciona como una actualización de El Poder del Ahora de Eckhart Tolle. Es un regalo que nos devuelve a la esencia misma del proceso creativo

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Arte con valor, Obra con criterio Mauricio Miranda Arte con valor, Obra con criterio Mauricio Miranda

El Caballo de Troya

El Caballo de Troya me deja ver lo inocente que parece y lo colorido que esconde su lado oscuro. Cuando se recibe como un obsequio o una dádiva, una estrella se oculta en el horizonte.

"Una pieza del año pasado que hoy vuelve a resonar en mi taller..

Una pieza del año pasado que hoy vuelve a resonar en mi taller..

El Caballo de Troya

31 cm × 31 cm | 2025

Explicar las obras me parece siempre innecesario, por lo menos de parte de quien las realiza. Lo que intento aquí no es explicarla, sino escribir inspirado por ella.

El Caballo de Troya me deja ver lo inocente que parece y lo colorido que esconde su lado oscuro. Cuando se recibe como un obsequio o una dádiva, una estrella se oculta en el horizonte.

Vemos el circo al que pertenece este caballito que no descansa: un delincuente con traje de justiciero que llega con ideas y justicia dudosas, barriendo poblados donde los incautos aclaman mientras entregan su tierra. Hay raíces que se esconden tras el paso de este caballo de Troya, el cual intenta ocultar sus manchas de sangre de otros pueblos.

Sigue el camino de la ruina destruyendo el Sur, amando su propia avaricia, ciego y mentiroso. La evidencia es tan clara que no se necesita lupa para encontrar las intenciones manifiestas de este caballito, guiado por esa estrella que falsamente cree que es su norte.

Disponible

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Mural en las faldas del volcán AcatenangoProyecto: Parque / Finca San Sebastián

Mural realizado en las faldas del volcán Acatenango, realmente son experiencias que no cambiaría por nada, los volcanes son esos monumentos naturales vivos que guardan tanta vida, misterio y a la vez peligro, este mural evoca los patios de café en la Fca San Sebastián con muchos años de exitir y producen unos de los mejores café de Guatemala

Mural en las faldas del volcán Acatenango: una experiencia irreemplazable

Realizar un mural en las faldas del volcán Acatenango ha sido, sin duda, una de esas experiencias que no cambiaría por nada. Los volcanes son monumentos naturales vivos: guardan vida, misterio y —al mismo tiempo— un riesgo latente. Este mural busca evocar los patios de café de la Finca San Sebastián, lugares con décadas de existencia donde se produce uno de los mejores cafés de Guatemala. Quise traducir en la pared la memoria de esos patios: la luz filtrada entre hojas, las manos que recogen fruto tras fruto, las voces y la paciencia que exige la tierra.

Escuchar es parte esencial del proceso. Hablar con las personas de la finca, conocer sus ideas y entender qué tipo de mural desean no solo me permite crear algo coherente con el lugar, sino que me enriquece profundamente: aprendo conocimientos que jamás obtendría desde fuera. Muchas de las personas que trabajan en la finca llevan años allí; son el motor que hace posible la vida cotidiana del lugar. Lo más sorprendente y hermoso es verlos contentos: esa alegría serena es también parte de la historia que quería contar en la pintura.

Estas vivencias se entrelazan con una preocupación urgente: la explotación del Acatenango por el turismo masivo. El turismo es una oportunidad —tanto para visitantes como para comunidades locales— pero también puede convertirse en un riesgo serio. Hoy vemos cómo se depreda e invade el hábitat de especies que habitan las laderas de los volcanes. Donde antes se subía en silencio, con respeto por la montaña, ahora muchas veces reina el ruido y la alteración del entorno. Eso tiene consecuencias ecológicas y culturales profundas.

Mi llamado, desde el oficio y desde el mural, es a la responsabilidad: si visitan estas áreas tan importantes, háganlo con respeto. Respeten el entorno, la flora y la fauna, las prácticas y la dignidad de quienes cuidan la tierra. Cuidemos responsablemente lo que no es de nadie ni de algunos, sino de la Naturaleza misma. Solo así podremos conservar estos paisajes vivos para las generaciones que vendrán.

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Desalojo

La cara que la postal oculta.

Mientras el discurso oficial y el turismo venden postales idílicas de paisajes, montañas y folclor, la realidad en la tierra es otra: desalojos violentos, despojo y la fuerza pública actuando con desprecio e inhumanidad contra los más vulnerables.

Esta acuarela la pinté en el 2024, confrontando esa violencia institucional que no es nueva, pero que sigue doliendo exactamente igual hoy. Me rehúso a pintar el circo complaciente que maquilla la injusticia para que el observador esté cómodo.

El arte también tiene que doler, tiene que denunciar y tiene que recordar que detrás del paisaje hay un pueblo resistiendo.

Ayer, 30 de julio de 2026, un nuevo desalojo violento contra una mujer de más de 70 años se viralizó en las redes de Guatemala. No es un hecho aislado: ¿cuántas aldeas y pueblos no han sido víctimas de esta degradante e inhumana práctica? La noticia aparece, indigna por un momento a algunos, y luego todo vuelve a su rutina de indiferencia. Y cuando digo “todo”, me refiero a ese engranaje que vende una imagen turística pulcra —color, paisajismo y un espejismo de realidades— mientras las verdades que gritan desde las comunidades se mantienen fuera de foco. Los turistas prefieren no enfocar con sus cámaras lo que desordena el relato cómodo.

La realidad existe y no es subjetiva. Lo que circula y se consume fácil es el arte barato y complaciente: trajes típicos, paisajes idealizados, postales que esconden depredación y voracidad. Ese arte se cuelga en paredes porque no incomoda. En un contexto donde muchos venden su dignidad por aceptación, por ventas, por aplausos, podemos estar seguros de que los desalojos seguirán.

Esta acuarela la realicé en 2024 tras las masivas expulsiones realizadas por la PNC, cuando numerosas comunidades fueron violentadas y los crímenes y las corruptelas siguieron pululando ante las autoridades. La obra no pretende ser escaparate; es denuncia y memoria. Recordar estas violencias es un acto necesario para que la ciudad, el Estado y quienes lucran con una imagen embellecida no oculten más la destrucción real que ocurre aquí.

No podemos seguir naturalizando las expulsiones y la indiferencia. El arte auténtico debe romper la complacencia: mostrar, nombrar, confrontar. Si seguimos eligiendo la postal en lugar de la verdad, las paredes seguirán cubriendo las heridas y las expulsiones continuarán sin consecuencia.

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Sigo Aquí

Este rostro es mucho más que una imagen; es la memoria histórica grabada en la piel de Guatemala. Es la historia de un hombre valiente con un corazón enorme para un pueblo que supo quién era, y que fue traicionado por los de siempre: los derrocadores, los que cobardemente vendieron a Guatemala, los que hoy se regocijan en la corrupción que han sembrado.

Esta obra, realizada en el año 2021, pertenece a mi serie titulada "Fruta Amarga".

Disponible en Galería

El título y la esencia de la pieza nacen de la memoria histórica que guardamos muchos guatemaltecos por el abuso y la violencia psicológica ejercida en contra del presidente Jacobo Árbenz por unos bananos. Es su rostro fusionado en el rostro de los guatemaltecos que aún sentimos el dolor causado por el derrocamiento no solo de un gobierno democrático, sino de un pueblo entero que pedía igualdad, justicia y prosperidad.

En esta pieza, son los bananos los que van formando la estructura del rostro; es la representación visual de una historia que pudo ser. Es la muestra de que hay huellas tan grandes que no se borran eliminando gobiernos.

Es la historia de un hombre como pocos: valiente, con un gran corazón para un pueblo que supo quién era y que fue traicionado por los de siempre... los que han vendido a Guatemala cobardemente, los que hoy se regocijan entre el estiércol de la corrupción comiendo de lo que le roban a un pueblo sumiso.

Sigo aquí es una declaración de presencia y resistencia. Aunque pasen los años y pretendan borrar la historia, la memoria permanece viva a través del arte.

Sigo aquí es una declaración de presencia y resistencia. Aunque pasen los años y pretendan borrar la historia, la memoria permanece viva a través del arte.

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Pintura, Arte con valor Mauricio Miranda Pintura, Arte con valor Mauricio Miranda

Banana Republic

Una obra nacida entre 2020 y 2021 para Juannio, concebida como una doble sátira: el repudio al arte especulativo y trillado de Cattelan, en contraste directo con la herida histórica del derrocamiento de Árbenz y el saqueo en nuestra tierra.

La obra Banana Republic (1.50 m x 1.50 m) la realicé para participar en Juannio 2021. La pieza fue aceptada, aunque no pasó la segunda curaduría. No me preocupa en absoluto: sé que el tema puede resultar incómodo o fuerte para algunos. La obra contiene una doble sátira que enlaza mi repudio al arte de Maurizio Cattelan con mi indignación por más de medio siglo de aquel acontecimiento que dejó una herida profunda en un pueblo que aún sufre sus consecuencias.

No es una obra hecha desde el resentimiento; es una postura puntual y directa que trasciende la simple observación de “qué real se ve el banano”. El banano de Cattelan —fachada de un arte corrupto, triste y especulativo, valorizado en cifras absurdas— contrasta con la mentira impuesta a un pueblo ingenuo. El derrocamiento de Árbenz fue una falacia: un acto cobarde y traicionero de bandoleros apoyados por un gobierno poderoso, ciego y expansionista. Quise evitar ambigüedades, folklore cosmético o embellecimiento estético; aquello que exige decirse, lo dije con claridad.

Hoy la obra permanece en el taller. La bananera ya no está exactamente como al inicio; en su lugar la palma africana arrasa el suelo, metáfora de cómo el banano arrasó la esperanza en un momento en que el cambio era real. Es una narración visual que el mundo conoce en sus términos históricos; lo que a veces ignora es que El Comediante de Cattelan solo desnuda la situación de un arte especulativo que acapara espacios y opaca el arte verdadero.

Ficha técnica:

  • Título: Banana Republic

  • Técnica: Técnica mixta sobre lienzo

  • Medidas: 1.50 m x 1.50 m (150 cm x 150 cm)

  • Año: 2020–2021

  • Estado: Disponible en el catálogo del taller y Galería (aqui). Consultas sobre adquisición y disponibilidad por mensaje directo o correo.

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Bocetos Mauricio Miranda Bocetos Mauricio Miranda

El desorden ordenado de la mente

Mucha gente me pregunta cómo empiezo una obra. Hoy les comparto un pedazo de mi intimidad en el taller: las páginas de mis cuadernos.

Mis cuadernos son el primer territorio de la obra. Ahí conviven ideas crudas y decisiones técnicas, garabatos que parecen accidentes y anotaciones que terminan siendo reglas. Cada página documenta el tránsito entre la intuición y la materialidad: bocetos rápidos, pruebas de color, estudios de composición, notas sobre escala y anclaje, y fragmentos de texto que recuerdan por qué nació la idea.

Así trabajo:

  • Observación y captura. Camino el lugar en la mente y en fotos, recojo sensaciones, texturas y trazos de luz. En el cuaderno registro referencias visuales, medidas básicas y palabras clave que articulan la intención emocional del mural.

  • Boceto gestual. Dibujo a mano alzada sin exigir perfección. Busco la energía del gesto, la dirección principal del movimiento y la relación entre figuras y vacío. Estos primeros trazos me permiten probar varias posibilidades rápidamente.

Mucha gente me pregunta cómo empiezo una obra. Hoy les comparto un pedazo de mi intimidad en el taller: las páginas de mis cuadernos. En una misma hoja conviven la idea para un mueble con medidas exactas, la crítica hacia la realidad que vivimos, un chiste sobre frijoles cantando y figuras místicas que bajan a mi cabeza. Todo al mismo tiempo. Muchos de estos trazos nunca se convirtieron en cuadros grandes; se quedaron aquí, capturando un día, un año o una frustración específica. Decidí que es hora de que dejen de estar escondidos en la gaveta.

Por eso he abierto estas páginas al mundo: no como borradores vergonzantes, sino como relatos en bruto del proceso. Aquí no hay cortes ni filtros. Hay errores que se vuelven recursos, tachaduras que se transforman en textura y notas marginales que prueban un color o un gesto. Cada hoja es un pequeño archivo de intenciones —un archivo donde conviven la urgencia de una idea y la paciencia de otra—, y juntas explican por qué una pared finalmente pide ser intervenida.

Compartir estos cuadernos es ofrecer el mapa de mis dudas y certezas. Es mostrar que la creación no es un acto solemne e instantáneo, sino una conversación larga entre mano, memoria y entorno. A veces una mirada perdida en una esquina del cuaderno me arrastra a un mural; otras, una ocurrencia absurda se queda como risa privada. Todo eso alimenta la obra final: los detalles técnicos, las citas anotadas, las proporciones y las ocurrencias disparatadas forman la genealogía de cada pieza.

En los próximos días iré subiendo páginas seleccionadas: bocetos, plantas, esquemas de color, notas escritas a las tres de la mañana y dibujos que no pidieron permiso. No busco perfección; busco honestidad. Si alguna página se siente cercana, tómala como invitación a mirar el proceso detrás del mural: la intuición que precede al trazo firme, la duda que exige ensayo y la paciencia que permite que todo cobre escala.

Bienvenidos a la gaveta abierta. Aquí comienza el diálogo.

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pinturas originales Mauricio Miranda pinturas originales Mauricio Miranda

Tiempo como Pantalón de Payaso

Esta obra surge de una serie de experiencias que trajeron de vuelta una frase que alguien de gran sabiduría me dijo una vez. Lo que más me marcó de esa persona no fue solo su conocimiento, sino su coherencia: vivía con la misma integridad con la que se relacionaba con los demás. La frase nació en un encuentro inesperado: habíamos quedado para ver una casa-obra —él era arquitecto— y llegamos un poco antes de la hora. Nos abrió sorprendido y nos saludó con una felicitación y una sentencia que me quedó grabada: “Qué bueno que están por aquí; hay personas que usan el tiempo de los demás como pantalón de payaso.”

Ese comentario, tan sencillo y a la vez tan certero, se quedó conmigo como un detonante. La metáfora del pantalón de payaso encierra una violencia mínima pero persistente: el desdén por el tiempo ajeno, la ligereza de quien juega con lo que no le pertenece, la falta de respeto que convierte lo valioso en espectáculo. Empecé a pensar en cómo esa actitud atraviesa tanto lo cotidiano como lo institucional: reuniones que se eternizan sin propósito, promesas que se diluyen, proyectos que se posponen mientras alguien entretiene la escena con gestos huecos. El tiempo, en ese contexto, se convierte en un objeto maleable en manos de quienes no reconocen su peso.

En el mural busco recuperar la dignidad del tiempo y de la presencia. No se trata solo de reproche; se trata de reivindicar la responsabilidad que asumimos los unos con los otros. Visualmente, la pieza articula tres momentos: la espera, la interrupción y la restitución. La espera se representa con tonos y ritmos pausados, figuras que ocupan el espacio con paciencia y gravedad. La interrupción se introduce a través de un elemento disonante—una figura caricaturesca, fragmentada, cuya paleta y gestualidad remiten al espectáculo y la burla. La restitución, finalmente, aparece como una recomposición: trazos que ensamblan, manos que reconstruyen y un horizonte que vuelve a latir con sentido.

Materialmente, trabajo con escalas y texturas que obligan al ojo a detenerse: capas de pigmento que rememoran estratos de tiempo, paños y relieves que sugieren ropa —no como traje de carnaval, sino como membrana de respeto— y un juego de luces que cambia según la hora del día, porque el tiempo aquí es protagonista y su percepción no es constante. Quiero que la obra dialogue con quien pasa: que provoque una incomodidad consciente cuando reconocemos en nosotros la figura del que hace pagar al otro con su tiempo; y que ofrezca una posibilidad de reparación, simple y concreta, que invite a la práctica de la puntualidad, la claridad y la empatía.

La frase del arquitecto, entonces, no es solo un remate gracioso; es una brújula ética. En un mundo donde la rapidez y la distracción nos empujan a subestimar al otro, este mural reclama el valor de la palabra cumplida, de la cita honrada, del gesto que dignifica. Es una pieza para recordar que el tiempo no es un accesorio para el divertimento ajeno, sino la tela con la que tejemos nuestras responsabilidades comunes.

Esta obra surge de una serie de experiencias que trajeron de vuelta una frase que alguien de gran sabiduría me dijo una vez. Lo que más me marcó de esa persona no fue solo su conocimiento, sino su coherencia: vivía con la misma integridad con la que se relacionaba con los demás. La frase nació en un encuentro inesperado: habíamos quedado para ver una casa-obra —él era arquitecto— y llegamos un poco antes de la hora. Nos abrió sorprendido y nos saludó con una felicitación y una sentencia que me quedó grabada: “Qué bueno que están por aquí; hay personas que usan el tiempo de los demás como pantalón de payaso.”

Años después, esa imagen volvió con fuerza mientras trabajaba en varios encargos: diseños de mural, cotizaciones que quedaron sin respuesta, clientes que postergaron pagos y compromisos que nunca fueron gestionados. No es solo una frustración profesional; es una experiencia que repite un patrón social lamentable: la normalización de la falta de respeto hacia el tiempo y el esfuerzo ajeno. Lo doloroso no es únicamente la pérdida económica o administrativa, sino la trivialización del trabajo y del compromiso humano.

En el caso específico de bocetos y diseños previos, la situación se complica con la llegada de la inteligencia artificial. Hoy cualquiera opina con facilidad y muchos desestiman la práctica artística: “todos son expertos” y se permite descalificar al creador que, de hecho, usa herramientas digitales para optimizar procesos. Lo que a menudo se olvida es que el mural final lo ejecuta un ser humano: la técnica, la decisión cromática, el pulso, la responsabilidad frente al espacio y la comunidad. La IA puede acelerar, pero no sustituye la mirada ni la mano que transforma una pared en relato.

Esta obra quiere mostrar esa amplitud: habla de personas que nos roban tiempo con actitudes banales, pero también de una reflexión más profunda sobre el valor del trabajo creativo y la necesidad de respeto mutuo. No se trata solo de exigir puntualidad o pago; se trata de reivindicar la seriedad del oficio, la coherencia entre palabra y acción, y la atención a lo que verdaderamente merece nuestro tiempo. En última instancia, es una invitación a recuperar la dignidad del compromiso —con los demás y con nosotros mismos— y a reconocer que el tiempo ajeno no es disfraz ni objeto de burla, sino un recurso humano que merece reconocimiento.

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Pintura, pinturas originales Mauricio Miranda Pintura, pinturas originales Mauricio Miranda

Babel: El realismo mágico y mis memorias del terremoto de 1976

El arte tiene el poder de transformar el escombro en poesía y la fractura en memoria viva. Hoy quiero compartir con ustedes una de las piezas más íntimas y profundas que he pintado en los últimos años: Babel (2021), un acrílico sobre lienzo de 80x80 cm que marca la segunda entrega de una serie conceptual de tres piezas.

El arte tiene el poder de transformar el escombro en poesía y la fractura en memoria viva. Babel (2021), acrílico sobre lienzo, 80 x 80 cm, constituye la segunda entrega de una serie conceptual de tres piezas donde convergen recuerdo, magia y reconstrucción.

Nacida desde un realismo mágico íntimo, esta obra es una cartografía emocional de mi infancia tras el terremoto de 1976 en Guatemala. El paisaje cambió de golpe; sin embargo, la mirada infantil privilegia grietas y pasadizos por los que continuar jugando. Esa tensión entre destrucción y juego atraviesa cada plano del cuadro.

El campo visual está dominado por el color naranja del talpetate, esa tierra-barro que define el terreno y la memoria física del lugar. Sobre ella se alza una torre inestable, una arquitectura hecha de blocks de concreto y coronada por láminas viejas: estructura ambivalente que para los adultos puede ser refugio o escombro, y para los niños se convierte en laberinto místico. Sus pasillos y umbrales remiten a la arquitectura secreta —a monasterios, a catacumbas— que alimentan la imaginación infantil.

La escena incorpora la cotidiana reconstrucción: un niño que juega, ajeno al caos, mientras el eco de los ladridos marca el tiempo; barcos de papel navegan en charcos, pequeños dispositivos de viaje y promesa que funcionan como metáforas de desplazamiento, espera y despedida. Estos elementos móviles introducen una dinámica de travesía y sugerencia de destinos mínimos —un espejo de agua en el suelo, la promesa de una visita— que sostienen la narración visual.

En el eje compositivo, una manzana encarna la tentación: un dulce pecado que hiere la niñez, conectado por una delgada cuerda a un trompo. El trompo, luego de su espectáculo de giros y colores, yace caído y exhausto a los pies de la torre, símbolo del agotamiento lúdico frente a la realidad transformada.

Babel es, en su esencia, una reflexión nostálgica y coral sobre la memoria histórica colectiva: cómo el suelo removido —el talpetate— no borró la capacidad de la inocencia para encontrar formas de permanecer en pie. La pieza invita a contemplar la resiliencia como un acto escultórico y poético: la infancia que, entre ruinas, rehace sus mapas y crea rituales de juego que sostienen la vida.

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Muralismo, Pintura Mauricio Miranda Muralismo, Pintura Mauricio Miranda

Proyecto Integrado: Transformación Botánica y Fauna Tropical

Un proyecto residencial integrado donde el muralismo botánico y un lienzo de gran formato se unen para transformar por completo la atmósfera de una habitación principal. Conoce el proceso de diseño y la fuerza del oficio puro.

El verdadero desafío del arte en el espacio habitable no es decorar una pared; es alterar la atmósfera y la energía de quienes habitan ese lugar. Para este proyecto residencial concebí una solución integral que dialoga con la arquitectura y se funde con la naturaleza circundante.

En la pared principal, sobre la cama, desarrollé un mural botánico de trazo fluido: formas que envuelven y propician descanso, matices que aportan frescura y una escala pensada para acoger al cuerpo y la mirada. Cada hoja y curva responde a la geometría del dormitorio, respetando ritmos, alturas y puntos de luz para que el mural funcione como elemento compositivo y atmosférico a la vez.

Complementando y reforzando el concepto visual, produje un lienzo personalizado en gran formato que integra fauna tropical —un tucán y un loro— con una paleta vibrante que establece un diálogo directo con el mural y con el resto del ambiente. La obra en soporte independiente actúa como ancla visual: atrae la mirada, aporta contraste y, al mismo tiempo, armoniza con los verdes y tonos neutros del espacio.

Mi método rehúye fórmulas académicas rígidas; cada trazo nace de la experiencia acumulada en el taller, de décadas de oficio independiente y del sentido práctico del color en la vida real. Trabajo con observación, intuición y disciplina para que la pintura responda a la habitación y a quienes la habitan. El arte libre no pide permiso para imaginar; transforma la realidad y convierte lo cotidiano en un paisaje emocional que acompaña los días.

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Mi Proceso, Arte Sacro Mauricio Miranda Mi Proceso, Arte Sacro Mauricio Miranda

Detrás del Telón Monumental: “Hijo Mío, Aquí Estoy”

Detrás de la obra monumental “Hijo Mío, Aquí Estoy” para La Merced en Antigua Guatemala, hubo jornadas extenuantes en el suelo del taller, retos de perspectiva y la gran responsabilidad de trabajar en el altar mayor rodeados de reliquias históricas.

Esta es la velación ya terminada en la Iglesia de La Merced, en Antigua Guatemala. Ver el telón colgado e imponente en el altar es una satisfacción enorme, pero el verdadero reto estuvo en el suelo del taller.

Con la valiosa colaboración de mi hermana, nos enfrentamos a una de las tareas más desgastantes: el pegado y armado de todo el lienzo. Es un trabajo que requiere paciencia, cuidado y mucho cálculo para lograr una estructura que resista la manipulación, ya que por cuestiones de espacio se tiene que ir doblando, jalando y acomodando conforme se avanza en cada jornada.

Pintar un formato gigante en el suelo significa que trabajás casi a ciegas, sin poder visualizar el conjunto. Por eso, la cuadrícula hecha con mi herramienta de yeso fue nuestro mejor aliado. Afortunadamente, en el taller contábamos con unas gradas lo suficientemente altas a las que nos subíamos constantemente para revisar el avance y corregir los errores de perspectiva. Cada jornada terminábamos agotados, pero el proceso no termina con la entrega del telón.

Justo después empieza otro tipo de reto enorme: colgar y colocar los primeros planos ya dentro de la iglesia, para dejarle listos los espacios a las personas de la hermandad y que ellos entren con la colocación de todos los adornos y la iluminación. Esta fase lleva una dificultad tremenda, ya que se trabaja directamente en el altar mayor y el cuidado debe ser milimétrico y muy preciso, porque estamos rodeados de auténticas reliquias coloniales e históricas que no se pueden tocar ni dañar por nada del mundo.

Ver la obra finalmente en su lugar, cumpliendo su propósito devocional y respetando el templo, hace que cada gota de sudor y cada minuto de tensión valgan la pena.

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Alquimia: El proceso creativo detrás del muro

Explorando la fusión entre la ciencia del café y el arte mural. Conocé el proceso creativo, desde el primer boceto a lápiz hasta la ejecución final inspirada en los maestros clásicos.

Boceto elaborado por mi cliente

Todo gran proyecto comienza con un diálogo. Aquí pueden ver el boceto inicial que me compartió mi clienta: el punto de partida donde las ideas aún están en el aire. En ese trazado primario se perciben intenciones, emociones y posibles narrativas —un mapa visual que nos permite conversar sobre escala, color, materiales y función dentro del espacio.
A partir de este boceto, desglosamos prioridades: qué elementos deben permanecer, cuáles necesitan desarrollarse y cómo integrar la pieza con la arquitectura y el contexto urbano. Cada línea sugiere movimiento; cada espacio vacío invita a la exploración. Es en ese terreno abierto donde nacen las decisiones que trasformarán el boceto en mural: paleta cromática, texturas, iluminación y ritmo compositivo.
La colaboración con la clienta fue clave: escuchar su historia, sus referencias y el propósito del mural. Ese intercambio alimentó la evolución del diseño, pasando del esbozo a propuestas más definidas hasta llegar a una imagen que dialoga con el entorno y con quienes lo habitan.
Este boceto inicial no es un final: es una promesa. La promesa de convertir una idea suspendida en una obra concreta que comunique, inspire y transforme el lugar.

Interpretación digital: El puente técnico donde la idea del cliente se convierte en una propuesta de autor

El siguiente paso fue la interpretación técnica. En el iPad refinamos la anatomía, delineando líneas precisas y volúmenes que respetan la estructura humana y su gesto; cada músculo y pliegue se trabajó con delicadeza para conservar la naturalidad del movimiento. Paralelamente, sumamos la ciencia detrás del café: la textura de la espuma, la transparencia del líquido, las sutilezas del color según la temperatura y la concentración. Estudiamos cómo la luz atraviesa una taza y cómo los reflejos y sombras revelan la densidad y el brillo del espresso.

Nos inspiramos en la fuerza de los maestros clásicos: composiciones equilibradas, claroscuros intensos y una paleta que privilegia la matización antes que el contraste chocante. Ese enfoque nos permitió lograr imágenes que no solo son exactas en lo anatómico y técnico, sino que también transmiten dramatismo y sensibilidad. En la pantalla, cada trazo se convirtió en una decisión consciente: desde el peso de la línea hasta la gradación cromática que sugiere calor, aroma y movimiento.

El iPad funcionó como laboratorio y lienzo simultáneo: capas para experimentar, pinceles digitales para emular técnicas tradicionales y ajustes finos para corregir proporciones en tiempo real. El resultado fue una interpretación técnica robusta, donde la disciplina científica del café y la maestría figurativa convergen para enriquecer la narrativa visual del mural.

Diseño final a color: La etapa definitiva de composición antes de iniciar la ejecución sobre la pared.

El proceso en movimiento. Una mirada íntima a la ejecución técnica del mural 'Alquimia'. Desde los primeros fondeados hasta los detalles finales, este registro captura la esencia de mi oficio y el diálogo constante con el espacio en Kaldi & Kapra.

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Pentecostés en San Francisco el Grande: El arte efímero que envuelve la fe

Un reto monumental de 110 m²: el telón de Pentecostés para la Iglesia de San Francisco el Grande

En el corazón de Antigua Guatemala, la Iglesia de San Francisco el Grande nos encomendó un proyecto singular: un telón litúrgico de 110 metros cuadrados que dialogara con la solemnidad del templo, la devoción de la comunidad y la rica tradición estética antigüeña. El encargo exigía más que habilidad técnica: requería una lectura profunda del espacio sagrado, respeto por las prácticas religiosas y una narrativa visual que tradujera la experiencia espiritual del Pentecostés en lenguaje pictórico.

Concepto y lectura del lugar

  • Investigación patrimonial: análisis de fuentes históricas y visuales sobre la iglesia y la tradición local para comprender materiales, paleta y simbología propia de Antigua.

  • Estudio espacial: mediciones y pruebas de visión desde distintos puntos del templo (nave central, presbiterio, bancas) para ajustar escala, foco y perspectiva. Un telón de 110 m² debía leerse desde distancias variables sin perder detalle ni impacto.

  • Diálogo con la comunidad: encuentros con el párroco y representantes de la cofradía para respetar liturgias, colores litúrgicos y elementos iconográficos esperados por la comunidad.

Proceso creativo (meses 1–2)

  • Bocetaje y composición: series de estudios en papel y digitales para la disposición de las figuras, manejo de la perspectiva y jerarquía visual. La intención fue unir la iconografía clásica del Pentecost

El arte tiene el poder de transformar espacios, pero en la Antigua Guatemala, el arte también tiene el poder de detener el tiempo. Tras seis meses de trabajo, el telón de Pentecostés finalmente se desplegó en el coro de la Iglesia de San Francisco el Grande, integrándose en un escenario monumental donde la pintura, la escultura y la tradición convergen.

Este proyecto de 110 metros cuadrados nació de tiras de papel Kraft unidas con esfuerzo junto a mi hijo mayor en un espacio que nos prestaron inicialmente. Fue un proceso de entrega total que culminó en el Coro de la Iglesia, un lugar cargado de una energía espiritual muy especial. Trabajar en esas dimensiones es un desafío constante a la perspectiva y al cuerpo, cuidando cada paso sobre el lienzo mientras la pintura cobra vida.

Pero el resultado final es un diálogo colectivo. Mientras yo trabajaba en la profundidad de los arcos y la luz del Espíritu Santo, la hermandad se encargaba del encortinado y las luces, mientras otros artistas creaban las alfombras y arreglos que completan la velación. Es fascinante ver cómo meses de labor se concentran en un solo día de fe, donde la entrada gratuita permite que toda la comunidad se envuelva en esta atmósfera mística."

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Crónica Visual Mauricio Miranda Crónica Visual Mauricio Miranda

La Decapitación de un País

Acuarela sobre papel que plasma el dolor y la inacción de una sociedad ante un verdugo que parece gigante solo porque estamos de rodillas. Un testimonio visual de la sangre derramada y el silencio cómplice que asfixia a Guatemala.

Acuarela sobre papel que plasma el dolor y la inacción de una sociedad ante un verdugo que parece gigante solo porque estamos de rodillas. Un testimonio visual de la sangre derramada y el silencio cómplice que asfixia a Guatemala.

A veces el pincel no busca la belleza, sino la verdad cruda que nos rodea. Esta acuarela, realizada a principios de año, es mi crónica visual de un momento doloroso para Guatemala.

No es un jaguar; es una bestia que representa la decapitación de un país entero.

Es la imagen de un pueblo que solo llora y se lamenta, sin mover un dedo por justicia. Es ver cómo la sangre se ha derramado tanto que a nadie parece importarle. Es el acto de taparse los ojos cuando el verdugo levanta el hacha para acabar con todos.

Pero hay una verdad oculta en esta escena: ese verdugo, que viendo a todos arrodillados parece gigante, si nos paramos juntos es un ser minúsculo lleno de miedo. Esta obra es mi registro de esa tensión, de ese dolor y de la necesidad de despertar.

Despertar la memoria, la solidaridad y la acción. Despertar la voz colectiva que deje de llorar en silencio y comience a exigir cuentas. Despertar la certeza de que la impunidad solo se sostiene mientras cada uno acepta ser cómplice con su indiferencia. Despertar la valentía para mirar al verdugo a los ojos y negarle el miedo que lo alimenta.

En la acuarela utilicé lavados difusos para la multitud: manchas que se funden unas con otras, rostros sin rasgos definidos, para sugerir la anonimidad del sufrimiento y la parálisis social. El contraste lo da la criatura, trazada con pinceladas ásperas y pigmentos más densos, una presencia grotesca que ocupa el centro de la composición. La sangre se convierte en línea y en mancha, recorridos que guían la mirada y que, a la vez, exigen respuesta.

Quise también jugar con la escala y la perspectiva: la figura del verdugo domina la escena por la postura de quienes le rodean, no por su tamaño intrínseco. Es una invitación visual a reconsiderar nuestras proporciones morales: si nos ponemos hombro con hombro, lo que parece invencible se revela frágil.

No es una obra que busque consuelo. Es una llamada a mirar, a nombrar y a actuar. A transformar el duelo pasivo en fuerza colectiva. A convertir la pintura en herramienta de memoria y de resistencia, para que la historia no se repita por omisión.

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Bitácora de Proceso Mauricio Miranda Bitácora de Proceso Mauricio Miranda

El umbral y el pincel: Lo que el cáncer me enseñó sobre la libertad de crear

Recordar el 2022 es volver a un tiempo donde el control dejó de pertenecerme. Entre quimioterapias y el sistema de salud en Guatemala, descubrí que el arte no es un trabajo, sino la forma de digerir lo que las palabras son incapaces de hablar."

Recordar el 2022 es volver a un tiempo despojado de la arrogancia que solemos tener cuando creemos que el control nos pertenece. Ese año aprendí que la vida puede cambiar en un instante; me enteré de que podía morir de algo que jamás cruzó mi mente: cáncer.

Al principio, mi ignorancia sobre la enfermedad era total. No sabía qué era una quimioterapia, ni el peso que esa palabra cobraría en mi cuerpo. Pero en Guatemala, el diagnóstico es solo la mitad del problema. La otra mitad es la realidad económica: aterrizar en el hecho de que un tratamiento puede ser inalcanzable.

El laberinto del proceso

Mi paso por el INCAN (Instituto de Cancerología) fue un choque cultural y emocional. Sentí que entraba en una máquina del tiempo detenida en los años 70, donde el maltrato del tiempo se reflejaba en cada pasillo. En ese momento, uno no tiene la capacidad psicológica para lidiar con trámites y entrevistas burocráticas mientras el miedo te respira en el cuello.

Sin embargo, la solidaridad apareció. Gracias a un desayuno organizado por mi familia, recaudamos Q.38,000. Aunque parece mucho, en el mundo de la oncología —con hospitalizaciones de emergencia y medicamentos imprevistos— es apenas un respiro. Gracias a un consejo providencial, terminé mi tratamiento en un pequeño hospital en Jocotenango, cerca de Antigua Guatemala, bajo el cuidado de un oncólogo que me devolvió la sensación de que, pese al riesgo, todo estaba bajo control.

Pintar desde el umbral

Empecé el tratamiento tras una descompensación de sodio que me hizo alucinar; imágenes surrealistas que, irónicamente, se convirtieron en material para mi obra. Allí comprendí que el verdadero desafío no siempre es el cáncer, sino el tratamiento: ese proceso que te acerca, una y otra vez, a una puerta que sabes que debe permanecer cerrada.

En el segundo ciclo, nació una necesidad pequeña pero urgente: compré una libreta y acuarelas portátiles.

Decidí que dibujaría solo lo que viniera a mi mente durante y después de las sesiones. Ese cuaderno se volvió mi compañero. Recuerdo el dolor en la mano derecha por el catéter mientras intentaba trazar, pero también recuerdo cómo el dibujo me sacaba de ese estado de dolor.

El arte como digestión

Hoy miro esos dibujos y veo una fluidez que antes no conocía. Eran trazos sin apegos. Entendí que el arte es eso que ocurre cuando dejas de competir o de intentar demostrar algo, para simplemente digerir lo que las palabras son incapaces de hablar.

El cáncer me confirmó que mi oficio no es solo un trabajo; es esa motivación extraña de intentar decir algo de forma diferente. No creamos para que nos acepten o nos entiendan, sino para sentirnos conectados y conscientes de ese presente donde el cuerpo y el alma finalmente se encuentran.

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