Sigo Aquí
Este rostro es mucho más que una imagen; es la memoria histórica grabada en la piel de Guatemala. Es la historia de un hombre valiente con un corazón enorme para un pueblo que supo quién era, y que fue traicionado por los de siempre: los derrocadores, los que cobardemente vendieron a Guatemala, los que hoy se regocijan en la corrupción que han sembrado.
Esta obra, realizada en el año 2021, pertenece a mi serie titulada "Fruta Amarga".
Disponible en Galería
El título y la esencia de la pieza nacen de la memoria histórica que guardamos muchos guatemaltecos por el abuso y la violencia psicológica ejercida en contra del presidente Jacobo Árbenz por unos bananos. Es su rostro fusionado en el rostro de los guatemaltecos que aún sentimos el dolor causado por el derrocamiento no solo de un gobierno democrático, sino de un pueblo entero que pedía igualdad, justicia y prosperidad.
En esta pieza, son los bananos los que van formando la estructura del rostro; es la representación visual de una historia que pudo ser. Es la muestra de que hay huellas tan grandes que no se borran eliminando gobiernos.
Es la historia de un hombre como pocos: valiente, con un gran corazón para un pueblo que supo quién era y que fue traicionado por los de siempre... los que han vendido a Guatemala cobardemente, los que hoy se regocijan entre el estiércol de la corrupción comiendo de lo que le roban a un pueblo sumiso.
Sigo aquí es una declaración de presencia y resistencia. Aunque pasen los años y pretendan borrar la historia, la memoria permanece viva a través del arte.
Sigo aquí es una declaración de presencia y resistencia. Aunque pasen los años y pretendan borrar la historia, la memoria permanece viva a través del arte.
Tiempo como Pantalón de Payaso
Esta obra surge de una serie de experiencias que trajeron de vuelta una frase que alguien de gran sabiduría me dijo una vez. Lo que más me marcó de esa persona no fue solo su conocimiento, sino su coherencia: vivía con la misma integridad con la que se relacionaba con los demás. La frase nació en un encuentro inesperado: habíamos quedado para ver una casa-obra —él era arquitecto— y llegamos un poco antes de la hora. Nos abrió sorprendido y nos saludó con una felicitación y una sentencia que me quedó grabada: “Qué bueno que están por aquí; hay personas que usan el tiempo de los demás como pantalón de payaso.”
Ese comentario, tan sencillo y a la vez tan certero, se quedó conmigo como un detonante. La metáfora del pantalón de payaso encierra una violencia mínima pero persistente: el desdén por el tiempo ajeno, la ligereza de quien juega con lo que no le pertenece, la falta de respeto que convierte lo valioso en espectáculo. Empecé a pensar en cómo esa actitud atraviesa tanto lo cotidiano como lo institucional: reuniones que se eternizan sin propósito, promesas que se diluyen, proyectos que se posponen mientras alguien entretiene la escena con gestos huecos. El tiempo, en ese contexto, se convierte en un objeto maleable en manos de quienes no reconocen su peso.
En el mural busco recuperar la dignidad del tiempo y de la presencia. No se trata solo de reproche; se trata de reivindicar la responsabilidad que asumimos los unos con los otros. Visualmente, la pieza articula tres momentos: la espera, la interrupción y la restitución. La espera se representa con tonos y ritmos pausados, figuras que ocupan el espacio con paciencia y gravedad. La interrupción se introduce a través de un elemento disonante—una figura caricaturesca, fragmentada, cuya paleta y gestualidad remiten al espectáculo y la burla. La restitución, finalmente, aparece como una recomposición: trazos que ensamblan, manos que reconstruyen y un horizonte que vuelve a latir con sentido.
Materialmente, trabajo con escalas y texturas que obligan al ojo a detenerse: capas de pigmento que rememoran estratos de tiempo, paños y relieves que sugieren ropa —no como traje de carnaval, sino como membrana de respeto— y un juego de luces que cambia según la hora del día, porque el tiempo aquí es protagonista y su percepción no es constante. Quiero que la obra dialogue con quien pasa: que provoque una incomodidad consciente cuando reconocemos en nosotros la figura del que hace pagar al otro con su tiempo; y que ofrezca una posibilidad de reparación, simple y concreta, que invite a la práctica de la puntualidad, la claridad y la empatía.
La frase del arquitecto, entonces, no es solo un remate gracioso; es una brújula ética. En un mundo donde la rapidez y la distracción nos empujan a subestimar al otro, este mural reclama el valor de la palabra cumplida, de la cita honrada, del gesto que dignifica. Es una pieza para recordar que el tiempo no es un accesorio para el divertimento ajeno, sino la tela con la que tejemos nuestras responsabilidades comunes.
Esta obra surge de una serie de experiencias que trajeron de vuelta una frase que alguien de gran sabiduría me dijo una vez. Lo que más me marcó de esa persona no fue solo su conocimiento, sino su coherencia: vivía con la misma integridad con la que se relacionaba con los demás. La frase nació en un encuentro inesperado: habíamos quedado para ver una casa-obra —él era arquitecto— y llegamos un poco antes de la hora. Nos abrió sorprendido y nos saludó con una felicitación y una sentencia que me quedó grabada: “Qué bueno que están por aquí; hay personas que usan el tiempo de los demás como pantalón de payaso.”
Años después, esa imagen volvió con fuerza mientras trabajaba en varios encargos: diseños de mural, cotizaciones que quedaron sin respuesta, clientes que postergaron pagos y compromisos que nunca fueron gestionados. No es solo una frustración profesional; es una experiencia que repite un patrón social lamentable: la normalización de la falta de respeto hacia el tiempo y el esfuerzo ajeno. Lo doloroso no es únicamente la pérdida económica o administrativa, sino la trivialización del trabajo y del compromiso humano.
En el caso específico de bocetos y diseños previos, la situación se complica con la llegada de la inteligencia artificial. Hoy cualquiera opina con facilidad y muchos desestiman la práctica artística: “todos son expertos” y se permite descalificar al creador que, de hecho, usa herramientas digitales para optimizar procesos. Lo que a menudo se olvida es que el mural final lo ejecuta un ser humano: la técnica, la decisión cromática, el pulso, la responsabilidad frente al espacio y la comunidad. La IA puede acelerar, pero no sustituye la mirada ni la mano que transforma una pared en relato.
Esta obra quiere mostrar esa amplitud: habla de personas que nos roban tiempo con actitudes banales, pero también de una reflexión más profunda sobre el valor del trabajo creativo y la necesidad de respeto mutuo. No se trata solo de exigir puntualidad o pago; se trata de reivindicar la seriedad del oficio, la coherencia entre palabra y acción, y la atención a lo que verdaderamente merece nuestro tiempo. En última instancia, es una invitación a recuperar la dignidad del compromiso —con los demás y con nosotros mismos— y a reconocer que el tiempo ajeno no es disfraz ni objeto de burla, sino un recurso humano que merece reconocimiento.
Babel: El realismo mágico y mis memorias del terremoto de 1976
El arte tiene el poder de transformar el escombro en poesía y la fractura en memoria viva. Hoy quiero compartir con ustedes una de las piezas más íntimas y profundas que he pintado en los últimos años: Babel (2021), un acrílico sobre lienzo de 80x80 cm que marca la segunda entrega de una serie conceptual de tres piezas.
El arte tiene el poder de transformar el escombro en poesía y la fractura en memoria viva. Babel (2021), acrílico sobre lienzo, 80 x 80 cm, constituye la segunda entrega de una serie conceptual de tres piezas donde convergen recuerdo, magia y reconstrucción.
Nacida desde un realismo mágico íntimo, esta obra es una cartografía emocional de mi infancia tras el terremoto de 1976 en Guatemala. El paisaje cambió de golpe; sin embargo, la mirada infantil privilegia grietas y pasadizos por los que continuar jugando. Esa tensión entre destrucción y juego atraviesa cada plano del cuadro.
El campo visual está dominado por el color naranja del talpetate, esa tierra-barro que define el terreno y la memoria física del lugar. Sobre ella se alza una torre inestable, una arquitectura hecha de blocks de concreto y coronada por láminas viejas: estructura ambivalente que para los adultos puede ser refugio o escombro, y para los niños se convierte en laberinto místico. Sus pasillos y umbrales remiten a la arquitectura secreta —a monasterios, a catacumbas— que alimentan la imaginación infantil.
La escena incorpora la cotidiana reconstrucción: un niño que juega, ajeno al caos, mientras el eco de los ladridos marca el tiempo; barcos de papel navegan en charcos, pequeños dispositivos de viaje y promesa que funcionan como metáforas de desplazamiento, espera y despedida. Estos elementos móviles introducen una dinámica de travesía y sugerencia de destinos mínimos —un espejo de agua en el suelo, la promesa de una visita— que sostienen la narración visual.
En el eje compositivo, una manzana encarna la tentación: un dulce pecado que hiere la niñez, conectado por una delgada cuerda a un trompo. El trompo, luego de su espectáculo de giros y colores, yace caído y exhausto a los pies de la torre, símbolo del agotamiento lúdico frente a la realidad transformada.
Babel es, en su esencia, una reflexión nostálgica y coral sobre la memoria histórica colectiva: cómo el suelo removido —el talpetate— no borró la capacidad de la inocencia para encontrar formas de permanecer en pie. La pieza invita a contemplar la resiliencia como un acto escultórico y poético: la infancia que, entre ruinas, rehace sus mapas y crea rituales de juego que sostienen la vida.