La Gallina de Los Huevos de Oro
El mapa de Guatemala convertido en la gallina de los huevos de oro, encadenada en el centro del hemiciclo. Sus plumas son regiones, sus plumas son historias: el Altiplano, la costa, la selva; cada huevo bruñido refleja pueblos, mercados, rutas, semillas. Cuelga, majestuosa y humillada, atrapada por grilletes de hierro que parten del podio donde se sientan quienes debieran protegerla.
Abajo, los diputados: un coral de voces afiladas, discurso de gala y manos ansiosas. Discuten por los huevos como si fueran fichas de póker: cuánto me toca, cuánto te toca; se acusan, se santifican en el acto. Suben la voz para la cámara y bajan la mirada para el sobre. Juegan a la piedad mientras enumera sueldos que brillan más que las promesas que hacen al pueblo. Esos sueldos, glamorosos, caminan de puntillas —como ladrones de poca monta— hasta billeteras forradas de impunidad.
Los “Grandes Inversionistas” observan el espectáculo con la calma de quien gana incluso cuando el país bosteza. Ellos capitalizan la inacción: invierten en la delegación del deber, compran la indiferencia, cosechan beneficios mientras vos y yo nos acomodamos en los laureles del cansancio y la resignación. La indiferencia es terreno fértil para sus réditos.
Los libros de economía de masas te duermen con una consigna sencilla: “enfócate en ti y no te quejes; la queja es improductiva”. Esta pieza nace exactamente en contra de esa letanía. Viene del taller como crónica necesaria: una denuncia independiente, un mural que habla sin edulcorar. No es solo arte decorativo; es denuncia pintada, registro visual y bofetada simbólica.
Quedarse en silencio no es opción: el arte recupera la lengua que nos han tratado de amordazar con eslóganes y enmiendas. Mostrar la gallina encadenada es mostrar la geografía de la explotación; mostrar a los legisladores discutiendo por huevos es nombrar las manos que alimentan la máquina de saqueo. Exponer a los “Grandes Inversionistas” es señalar la estructura que prospera con nuestra pasividad.
Esta obra convoca: para mirar, para conversar, para recordar que la avaricia no es un hecho natural sino una elección con nombres y apellidos. Que los discursos santos no borran las huellas de las billeteras. Que la economía no es una ciencia impersonal, sino un mapa moral donde decidimos, cada día, a quién servimos.
Desde el taller, la propuesta es clara: que el público vea y decida si sus manos seguirán tapando o abriendo los grilletes. Que la gallina recupere sus pasos. Que el hemiciclo deje de ser museo de la desvergüenza y vuelva a ser el eco de una nación que exige cuenta y futuro.
Esta es una obra de distribución libre. Podes descargar el archivo en alta resolución para imprimirlo o compartirlo de forma totalmente gratuita.
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