Pentecostés en San Francisco el Grande: El arte efímero que envuelve la fe
Un reto monumental de 110 m²: el telón de Pentecostés para la Iglesia de San Francisco el Grande
En el corazón de Antigua Guatemala, la Iglesia de San Francisco el Grande nos encomendó un proyecto singular: un telón litúrgico de 110 metros cuadrados que dialogara con la solemnidad del templo, la devoción de la comunidad y la rica tradición estética antigüeña. El encargo exigía más que habilidad técnica: requería una lectura profunda del espacio sagrado, respeto por las prácticas religiosas y una narrativa visual que tradujera la experiencia espiritual del Pentecostés en lenguaje pictórico.
Concepto y lectura del lugar
Investigación patrimonial: análisis de fuentes históricas y visuales sobre la iglesia y la tradición local para comprender materiales, paleta y simbología propia de Antigua.
Estudio espacial: mediciones y pruebas de visión desde distintos puntos del templo (nave central, presbiterio, bancas) para ajustar escala, foco y perspectiva. Un telón de 110 m² debía leerse desde distancias variables sin perder detalle ni impacto.
Diálogo con la comunidad: encuentros con el párroco y representantes de la cofradía para respetar liturgias, colores litúrgicos y elementos iconográficos esperados por la comunidad.
Proceso creativo (meses 1–2)
Bocetaje y composición: series de estudios en papel y digitales para la disposición de las figuras, manejo de la perspectiva y jerarquía visual. La intención fue unir la iconografía clásica del Pentecost
El arte tiene el poder de transformar espacios, pero en la Antigua Guatemala, el arte también tiene el poder de detener el tiempo. Tras seis meses de trabajo, el telón de Pentecostés finalmente se desplegó en el coro de la Iglesia de San Francisco el Grande, integrándose en un escenario monumental donde la pintura, la escultura y la tradición convergen.
Este proyecto de 110 metros cuadrados nació de tiras de papel Kraft unidas con esfuerzo junto a mi hijo mayor en un espacio que nos prestaron inicialmente. Fue un proceso de entrega total que culminó en el Coro de la Iglesia, un lugar cargado de una energía espiritual muy especial. Trabajar en esas dimensiones es un desafío constante a la perspectiva y al cuerpo, cuidando cada paso sobre el lienzo mientras la pintura cobra vida.
Pero el resultado final es un diálogo colectivo. Mientras yo trabajaba en la profundidad de los arcos y la luz del Espíritu Santo, la hermandad se encargaba del encortinado y las luces, mientras otros artistas creaban las alfombras y arreglos que completan la velación. Es fascinante ver cómo meses de labor se concentran en un solo día de fe, donde la entrada gratuita permite que toda la comunidad se envuelva en esta atmósfera mística."
El umbral y el pincel: Lo que el cáncer me enseñó sobre la libertad de crear
Recordar el 2022 es volver a un tiempo donde el control dejó de pertenecerme. Entre quimioterapias y el sistema de salud en Guatemala, descubrí que el arte no es un trabajo, sino la forma de digerir lo que las palabras son incapaces de hablar."
Recordar el 2022 es volver a un tiempo despojado de la arrogancia que solemos tener cuando creemos que el control nos pertenece. Ese año aprendí que la vida puede cambiar en un instante; me enteré de que podía morir de algo que jamás cruzó mi mente: cáncer.
Al principio, mi ignorancia sobre la enfermedad era total. No sabía qué era una quimioterapia, ni el peso que esa palabra cobraría en mi cuerpo. Pero en Guatemala, el diagnóstico es solo la mitad del problema. La otra mitad es la realidad económica: aterrizar en el hecho de que un tratamiento puede ser inalcanzable.
El laberinto del proceso
Mi paso por el INCAN (Instituto de Cancerología) fue un choque cultural y emocional. Sentí que entraba en una máquina del tiempo detenida en los años 70, donde el maltrato del tiempo se reflejaba en cada pasillo. En ese momento, uno no tiene la capacidad psicológica para lidiar con trámites y entrevistas burocráticas mientras el miedo te respira en el cuello.
Sin embargo, la solidaridad apareció. Gracias a un desayuno organizado por mi familia, recaudamos Q.38,000. Aunque parece mucho, en el mundo de la oncología —con hospitalizaciones de emergencia y medicamentos imprevistos— es apenas un respiro. Gracias a un consejo providencial, terminé mi tratamiento en un pequeño hospital en Jocotenango, cerca de Antigua Guatemala, bajo el cuidado de un oncólogo que me devolvió la sensación de que, pese al riesgo, todo estaba bajo control.
Pintar desde el umbral
Empecé el tratamiento tras una descompensación de sodio que me hizo alucinar; imágenes surrealistas que, irónicamente, se convirtieron en material para mi obra. Allí comprendí que el verdadero desafío no siempre es el cáncer, sino el tratamiento: ese proceso que te acerca, una y otra vez, a una puerta que sabes que debe permanecer cerrada.
En el segundo ciclo, nació una necesidad pequeña pero urgente: compré una libreta y acuarelas portátiles.
Decidí que dibujaría solo lo que viniera a mi mente durante y después de las sesiones. Ese cuaderno se volvió mi compañero. Recuerdo el dolor en la mano derecha por el catéter mientras intentaba trazar, pero también recuerdo cómo el dibujo me sacaba de ese estado de dolor.
El arte como digestión
Hoy miro esos dibujos y veo una fluidez que antes no conocía. Eran trazos sin apegos. Entendí que el arte es eso que ocurre cuando dejas de competir o de intentar demostrar algo, para simplemente digerir lo que las palabras son incapaces de hablar.
El cáncer me confirmó que mi oficio no es solo un trabajo; es esa motivación extraña de intentar decir algo de forma diferente. No creamos para que nos acepten o nos entiendan, sino para sentirnos conectados y conscientes de ese presente donde el cuerpo y el alma finalmente se encuentran.