Detrás del Telón Monumental: “Hijo Mío, Aquí Estoy”
Detrás de la obra monumental “Hijo Mío, Aquí Estoy” para La Merced en Antigua Guatemala, hubo jornadas extenuantes en el suelo del taller, retos de perspectiva y la gran responsabilidad de trabajar en el altar mayor rodeados de reliquias históricas.
Esta es la velación ya terminada en la Iglesia de La Merced, en Antigua Guatemala. Ver el telón colgado e imponente en el altar es una satisfacción enorme, pero el verdadero reto estuvo en el suelo del taller.
Con la valiosa colaboración de mi hermana, nos enfrentamos a una de las tareas más desgastantes: el pegado y armado de todo el lienzo. Es un trabajo que requiere paciencia, cuidado y mucho cálculo para lograr una estructura que resista la manipulación, ya que por cuestiones de espacio se tiene que ir doblando, jalando y acomodando conforme se avanza en cada jornada.
Pintar un formato gigante en el suelo significa que trabajás casi a ciegas, sin poder visualizar el conjunto. Por eso, la cuadrícula hecha con mi herramienta de yeso fue nuestro mejor aliado. Afortunadamente, en el taller contábamos con unas gradas lo suficientemente altas a las que nos subíamos constantemente para revisar el avance y corregir los errores de perspectiva. Cada jornada terminábamos agotados, pero el proceso no termina con la entrega del telón.
Justo después empieza otro tipo de reto enorme: colgar y colocar los primeros planos ya dentro de la iglesia, para dejarle listos los espacios a las personas de la hermandad y que ellos entren con la colocación de todos los adornos y la iluminación. Esta fase lleva una dificultad tremenda, ya que se trabaja directamente en el altar mayor y el cuidado debe ser milimétrico y muy preciso, porque estamos rodeados de auténticas reliquias coloniales e históricas que no se pueden tocar ni dañar por nada del mundo.
Ver la obra finalmente en su lugar, cumpliendo su propósito devocional y respetando el templo, hace que cada gota de sudor y cada minuto de tensión valgan la pena.
Pentecostés en San Francisco el Grande: El arte efímero que envuelve la fe
Un reto monumental de 110 m²: el telón de Pentecostés para la Iglesia de San Francisco el Grande
En el corazón de Antigua Guatemala, la Iglesia de San Francisco el Grande nos encomendó un proyecto singular: un telón litúrgico de 110 metros cuadrados que dialogara con la solemnidad del templo, la devoción de la comunidad y la rica tradición estética antigüeña. El encargo exigía más que habilidad técnica: requería una lectura profunda del espacio sagrado, respeto por las prácticas religiosas y una narrativa visual que tradujera la experiencia espiritual del Pentecostés en lenguaje pictórico.
Concepto y lectura del lugar
Investigación patrimonial: análisis de fuentes históricas y visuales sobre la iglesia y la tradición local para comprender materiales, paleta y simbología propia de Antigua.
Estudio espacial: mediciones y pruebas de visión desde distintos puntos del templo (nave central, presbiterio, bancas) para ajustar escala, foco y perspectiva. Un telón de 110 m² debía leerse desde distancias variables sin perder detalle ni impacto.
Diálogo con la comunidad: encuentros con el párroco y representantes de la cofradía para respetar liturgias, colores litúrgicos y elementos iconográficos esperados por la comunidad.
Proceso creativo (meses 1–2)
Bocetaje y composición: series de estudios en papel y digitales para la disposición de las figuras, manejo de la perspectiva y jerarquía visual. La intención fue unir la iconografía clásica del Pentecost
El arte tiene el poder de transformar espacios, pero en la Antigua Guatemala, el arte también tiene el poder de detener el tiempo. Tras seis meses de trabajo, el telón de Pentecostés finalmente se desplegó en el coro de la Iglesia de San Francisco el Grande, integrándose en un escenario monumental donde la pintura, la escultura y la tradición convergen.
Este proyecto de 110 metros cuadrados nació de tiras de papel Kraft unidas con esfuerzo junto a mi hijo mayor en un espacio que nos prestaron inicialmente. Fue un proceso de entrega total que culminó en el Coro de la Iglesia, un lugar cargado de una energía espiritual muy especial. Trabajar en esas dimensiones es un desafío constante a la perspectiva y al cuerpo, cuidando cada paso sobre el lienzo mientras la pintura cobra vida.
Pero el resultado final es un diálogo colectivo. Mientras yo trabajaba en la profundidad de los arcos y la luz del Espíritu Santo, la hermandad se encargaba del encortinado y las luces, mientras otros artistas creaban las alfombras y arreglos que completan la velación. Es fascinante ver cómo meses de labor se concentran en un solo día de fe, donde la entrada gratuita permite que toda la comunidad se envuelva en esta atmósfera mística."