Bitacora de Taller, Obra reciente Mauricio Miranda Bitacora de Taller, Obra reciente Mauricio Miranda

Apariciones de taller: "Hambre" y "Cangrejoyote"

Apariciones de taller: "Hambre" y "Cangrejoyote". Un retorno al color, a la densidad de la textura y al gesto sin un fin específico, explorando el proceso intuitivo sobre el lienzo.

Hay un punto en el proceso creativo donde el empeño por lograr que algo se parezca a algo termina por asfixiar la pintura. En la búsqueda constante de traducir ideas o complacer expectativas, se corre el riesgo de perder el objetivo esencial por el cual se empezó todo: la vivencia pura del momento en el taller, eso que nos hace amar el instante en que lo hacemos.

Estas dos obras nacen de esa necesidad de pausa y redescubrimiento. Un retorno al color, a la densidad de la textura y al gesto sin un fin específico.

Obra: Hambre

Hambre

Óleo y técnica mixta sobre lienzo

Hambre es un proceso de redescubrir la pintura a través del dejarse ir. Es una obra que busca contenerse en sí misma y existir en su totalidad, inundada de posibilidades de expresión sin la atadura de un cálculo previo.

Entre capas densas de azul profundo y surcos incisos sobre el pigmento, emerge una forma primaria, voraz y elemental. No busca ilustrar; busca encarnar ese impulso primario, la apetencia creativa que devora y construye desde la materia.

Disponible: en Galería Mauro


Obra: Cangrejoyote

Cangrejoyote

Óleo y técnica mixta sobre lienzo

Cangrejoyote surge de ese mismo diálogo libre con la superficie. Es la aparición de un animal extraño, lúdico y gracioso que emerge entre pinceladas de terracota y anaranjado encendido sobre un fondo oscuro y terroso.

Sin buscar una referencia zoológica real, la forma se construyó a sí misma: una criatura híbrida que sostiene la mirada con humor y misterio, recordando que la figura no tiene que explicarse para tener presencia viva en el lienzo.

Disponible: en Galería Mauro



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Mauricio Miranda Mauricio Miranda

El proceso sobre el resultado: reflexiones sobre el acto de crear.

Reflexiones sobre la presencia, el hábito creativo y la importancia de enfocar el arte como un proceso constante y no solo como un resultado. Un vistazo a la filosofía de 'El Acto de Crear' de Rick Rubin.

Recuerdo allá por 1998, cuando empecé a cultivar el hábito de pintar y de crear con las manos, que había algo más que emocionante en el proceso: algo que llenaba por completo. Es esa felicidad honesta que aparece cuando logramos estar verdaderamente presentes en lo que hacemos, dejando ir la angustia por el futuro y la culpa por el pasado.

El maravilloso libro de Rick Rubin es revelador y necesario; nos devuelve la claridad de entender por qué crear es un proceso y no un simple resultado.

En un mundo donde nos exigimos demostrar, competir y ganar, hemos ido perdiendo la esencia del hacer creativo: ese momento íntimo de total absorción por el presente donde somos reales. Paradójicamente, es al soltar la búsqueda del resultado cuando surgen las obras más únicas.

De muchos libros sobre arte y creatividad, el de Rick Rubin toca la vida misma, porque ¿qué es la vida sino este instante? Es maravilloso regresar constantemente al presente para recordar lo que a veces se nos olvida: que nuestra labor es sencillamente crear, hacer, pintar y resolver.

En nuestra época, El Acto de Crear no va dirigido solo a artistas; funciona como una actualización de El Poder del Ahora de Eckhart Tolle. Es un regalo que nos devuelve a la esencia misma del proceso creativo

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Mi Proceso, Arte Sacro Mauricio Miranda Mi Proceso, Arte Sacro Mauricio Miranda

Detrás del Telón Monumental: “Hijo Mío, Aquí Estoy”

Detrás de la obra monumental “Hijo Mío, Aquí Estoy” para La Merced en Antigua Guatemala, hubo jornadas extenuantes en el suelo del taller, retos de perspectiva y la gran responsabilidad de trabajar en el altar mayor rodeados de reliquias históricas.

Esta es la velación ya terminada en la Iglesia de La Merced, en Antigua Guatemala. Ver el telón colgado e imponente en el altar es una satisfacción enorme, pero el verdadero reto estuvo en el suelo del taller.

Con la valiosa colaboración de mi hermana, nos enfrentamos a una de las tareas más desgastantes: el pegado y armado de todo el lienzo. Es un trabajo que requiere paciencia, cuidado y mucho cálculo para lograr una estructura que resista la manipulación, ya que por cuestiones de espacio se tiene que ir doblando, jalando y acomodando conforme se avanza en cada jornada.

Pintar un formato gigante en el suelo significa que trabajás casi a ciegas, sin poder visualizar el conjunto. Por eso, la cuadrícula hecha con mi herramienta de yeso fue nuestro mejor aliado. Afortunadamente, en el taller contábamos con unas gradas lo suficientemente altas a las que nos subíamos constantemente para revisar el avance y corregir los errores de perspectiva. Cada jornada terminábamos agotados, pero el proceso no termina con la entrega del telón.

Justo después empieza otro tipo de reto enorme: colgar y colocar los primeros planos ya dentro de la iglesia, para dejarle listos los espacios a las personas de la hermandad y que ellos entren con la colocación de todos los adornos y la iluminación. Esta fase lleva una dificultad tremenda, ya que se trabaja directamente en el altar mayor y el cuidado debe ser milimétrico y muy preciso, porque estamos rodeados de auténticas reliquias coloniales e históricas que no se pueden tocar ni dañar por nada del mundo.

Ver la obra finalmente en su lugar, cumpliendo su propósito devocional y respetando el templo, hace que cada gota de sudor y cada minuto de tensión valgan la pena.

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Bitácora de Proceso Mauricio Miranda Bitácora de Proceso Mauricio Miranda

El umbral y el pincel: Lo que el cáncer me enseñó sobre la libertad de crear

Recordar el 2022 es volver a un tiempo donde el control dejó de pertenecerme. Entre quimioterapias y el sistema de salud en Guatemala, descubrí que el arte no es un trabajo, sino la forma de digerir lo que las palabras son incapaces de hablar."

Recordar el 2022 es volver a un tiempo despojado de la arrogancia que solemos tener cuando creemos que el control nos pertenece. Ese año aprendí que la vida puede cambiar en un instante; me enteré de que podía morir de algo que jamás cruzó mi mente: cáncer.

Al principio, mi ignorancia sobre la enfermedad era total. No sabía qué era una quimioterapia, ni el peso que esa palabra cobraría en mi cuerpo. Pero en Guatemala, el diagnóstico es solo la mitad del problema. La otra mitad es la realidad económica: aterrizar en el hecho de que un tratamiento puede ser inalcanzable.

El laberinto del proceso

Mi paso por el INCAN (Instituto de Cancerología) fue un choque cultural y emocional. Sentí que entraba en una máquina del tiempo detenida en los años 70, donde el maltrato del tiempo se reflejaba en cada pasillo. En ese momento, uno no tiene la capacidad psicológica para lidiar con trámites y entrevistas burocráticas mientras el miedo te respira en el cuello.

Sin embargo, la solidaridad apareció. Gracias a un desayuno organizado por mi familia, recaudamos Q.38,000. Aunque parece mucho, en el mundo de la oncología —con hospitalizaciones de emergencia y medicamentos imprevistos— es apenas un respiro. Gracias a un consejo providencial, terminé mi tratamiento en un pequeño hospital en Jocotenango, cerca de Antigua Guatemala, bajo el cuidado de un oncólogo que me devolvió la sensación de que, pese al riesgo, todo estaba bajo control.

Pintar desde el umbral

Empecé el tratamiento tras una descompensación de sodio que me hizo alucinar; imágenes surrealistas que, irónicamente, se convirtieron en material para mi obra. Allí comprendí que el verdadero desafío no siempre es el cáncer, sino el tratamiento: ese proceso que te acerca, una y otra vez, a una puerta que sabes que debe permanecer cerrada.

En el segundo ciclo, nació una necesidad pequeña pero urgente: compré una libreta y acuarelas portátiles.

Decidí que dibujaría solo lo que viniera a mi mente durante y después de las sesiones. Ese cuaderno se volvió mi compañero. Recuerdo el dolor en la mano derecha por el catéter mientras intentaba trazar, pero también recuerdo cómo el dibujo me sacaba de ese estado de dolor.

El arte como digestión

Hoy miro esos dibujos y veo una fluidez que antes no conocía. Eran trazos sin apegos. Entendí que el arte es eso que ocurre cuando dejas de competir o de intentar demostrar algo, para simplemente digerir lo que las palabras son incapaces de hablar.

El cáncer me confirmó que mi oficio no es solo un trabajo; es esa motivación extraña de intentar decir algo de forma diferente. No creamos para que nos acepten o nos entiendan, sino para sentirnos conectados y conscientes de ese presente donde el cuerpo y el alma finalmente se encuentran.

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