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Turbanidad (2006): La memoria análoga, el desecho y el grito

Turbanidad (2.00 x 1.20 m) nació sobre un pedazo de aglomerado de desecho. El escaneo de una foto análoga tomada en 2006 de una obra que marcó el rumbo de mi trabajo: el rechazo al arte dulce para dar paso al grito de nuestra realidad.

Turbanidad

Turbanidad (2006)

Esta foto no salió de un teléfono. Es el escaneo de una fotografía análoga, tomada en un tiempo donde ni los celulares ni las cámaras digitales estaban a mi alcance.

Turbanidad (2.00 x 1.20 m) nació sobre un pedazo de aglomerado recuperado de una división de casa que tiraron a la basura. Le armé su propio marco en el taller y sobre ese soporte de desecho volqué la realidad del momento. Se cumplían 10 años de la firma de los Acuerdos de Paz en Guatemala, pero en las calles la violencia se cruzaba como una red oscura de muertes, igual a la que vivimos hoy. La obra era una sátira irónica y dolida de cómo nuestras calles y avenidas se convertían en el escenario de ese acontecer trágico.

Perteneció a una exposición que monté en El Sitio Cultural, una muestra que marcó definitivamente el rumbo de mi trabajo. Ahí entendí que a mí no me servía un arte dulce, ni la perspectiva romántica e idílica que maquilla la realidad. La belleza se empaña precisamente por aquello que nos queremos tapar los ojos para no ver.

Esta obra me dejó una cicatriz que no va a cerrar nunca, el testimonio de un dolor causado por una realidad angustiosa que escapa a toda interpretación. Buscar culpables y verdugos ya hasta cansa, porque el daño ha sido profundo. Y sin embargo, la paradoja del arte: la pieza no duró ni una semana expuesta cuando ya se había vendido.

Los años pasan, los soportes cambian, pero la intención y la verdad del trazo en el taller siguen siendo las mismas.

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La Noche de los Sismos

Una respuesta pictórica e intuitiva a los eventos de julio de 2025 en Santa María de Jesús. Entre la vulnerabilidad del enjambre sísmico y la tensión social, esta obra explora la luz, el silencio y la tragedia colectiva a través de un diálogo directo con la tradición visual de Goya.

Título: La noche de los sismos

Técnica: Acrílico sobre lienzo

Año: 2025

Dimensiones: 52 cm X 41.5 cm

Disponible en galería

En julio de 2025, un enjambre sísmico azotó la región de Sacatepéquez, teniendo como epicentro las faldas del Volcán de Agua, en Santa María de Jesús. Fueron días y noches de angustia constante, pero en Santa María la situación se volvió crítica: el pueblo quedó completamente a oscuras, incomunicado y sumido en el miedo de las réplicas nocturnas.

En medio de esa vulnerabilidad y la absoluta falta de luz, la tensión escaló. Desconocidos intentaron aprovechar el caos para saquear las casas de la gente golpeada por la emergencia. Acorralada por la falta de autoridades y la desesperación de proteger lo suyo, la comunidad reaccionó en masa y tomó la justicia por sus propias manos.

Preparando fondo de lienzo

Vi la noticia en los medios y la imagen me golpeó la conciencia. Sin juzgar —imposible hacerlo desde afuera cuando la comunidad lidiaba con el miedo y la supervivencia— me paré frente al lienzo. La pintura fluyó con la urgencia de pertenecer a este país noble, pero atravesado por dolores y conflictos sin resolver.

aplicando luces y elementos

Resuelta prácticamente con un solo pincel, busqué capturar la luz que salía de esa escena y el silencio denso que queda después de los gritos. Una luz de fuego que de lejos parece un encuentro comunitario, pero que guarda el peso de un ritual trágico. Como en los tiempos de Goya: la luz, la sombra y el testimonio de lo que somos.

Fotografia original de Noti Sacatepequez

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El Niño 2027 y el coro de la realidad: sobre el miedo humano y el canto presente de las aves

Un agradecimiento por la lluvia que se transformó en una reflexión sobre el miedo a 'El Niño 2027', el ruido de los medios y la lección presente del canto de las aves. Proceso y Bitácora de la obra (Técnica mixta sobre cartón).

Propuesta de montaje: Visualización (mockup) de la obra con idea de marco industrial en madera recuperada y acero

Nació en agosto de 2026, con la primera lluvia cayendo sobre la lámina de zinc de mi taller. Empezó siendo un gesto sencillo: un agradecimiento puro por el agua.

Sin embargo, mientras el cielo se abría y el sonido de las gotas marcaba el ritmo en el techo, mi mente se cerraba en el miedo. Estaba absorto en la adicción a las noticias catastróficas, en los pronósticos de desastres y en esa culpa constante de saberme parte de una especie destructora. Mi angustia intelectual pretendía adueñarse del futuro con malos cálculos y temores sobre un "Súper Niño" devastador.

Este es el primer bosquejo de la obra sobre el formato de cartón

Pero en medio de mi tragedia egocentrista, el fondo del taller se llenó de vida. A través de la lluvia se dejaba escuchar el canto de diversas aves de la zona. No cantaban por compromiso ni por rutina; daban verdaderos gritos de alegría por la lluvia que caía.

Movido por la curiosidad, usé la aplicación Merlin Bird en el teléfono para identificar quiénes eran mis vecinos de patio. Logré registrar cinco especies cantando al mismo tiempo: el Carpintero, el Cut cut, el Colibrí, la Chorcha y el Pijuy.

Ese momento fue una lección de humildad brutal. Las aves se convirtieron en mis maestras. Mientras yo cacareaba mi angustia antropocéntrica y leía boletines de prensa, ellas simplemente celebraban el presente. Hoy mi ciencia catastrófica había fallado; no había desastres, solo vida sucediendo. Las aves parecían reírse de mi falsa angustia y me cantaban para decirme: "Regresa al presente, que tu catástrofe es solo tu imaginación"

Rompiendo con el proceso, interviniéndolo

De esa paradoja nació la obra. Intervine el soporte de cartón pegando el titular de prensa sobre la naturaleza dibujada, atrapando al personaje central en un halo de textura, dorados y pigmentos. 'El Niño' es el espejo de esa incoherencia humana: el ego que se apropia del desastre y se cree protagonista, frente a la nobleza de la naturaleza que nos observa sin mentiras.

Título: El Niño
Año: 2026
Técnica: Técnica mixta sobre cartón (acrílico, tinta, tiza/pastel y collage de prensa)
Soporte: Cartón reciclado
Estado: Disponible / Serie Bitácora de Talle: Obra terminada sin marco

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Babel: El realismo mágico y mis memorias del terremoto de 1976

El arte tiene el poder de transformar el escombro en poesía y la fractura en memoria viva. Hoy quiero compartir con ustedes una de las piezas más íntimas y profundas que he pintado en los últimos años: Babel (2021), un acrílico sobre lienzo de 80x80 cm que marca la segunda entrega de una serie conceptual de tres piezas.

El arte tiene el poder de transformar el escombro en poesía y la fractura en memoria viva. Babel (2021), acrílico sobre lienzo, 80 x 80 cm, constituye la segunda entrega de una serie conceptual de tres piezas donde convergen recuerdo, magia y reconstrucción.

Nacida desde un realismo mágico íntimo, esta obra es una cartografía emocional de mi infancia tras el terremoto de 1976 en Guatemala. El paisaje cambió de golpe; sin embargo, la mirada infantil privilegia grietas y pasadizos por los que continuar jugando. Esa tensión entre destrucción y juego atraviesa cada plano del cuadro.

El campo visual está dominado por el color naranja del talpetate, esa tierra-barro que define el terreno y la memoria física del lugar. Sobre ella se alza una torre inestable, una arquitectura hecha de blocks de concreto y coronada por láminas viejas: estructura ambivalente que para los adultos puede ser refugio o escombro, y para los niños se convierte en laberinto místico. Sus pasillos y umbrales remiten a la arquitectura secreta —a monasterios, a catacumbas— que alimentan la imaginación infantil.

La escena incorpora la cotidiana reconstrucción: un niño que juega, ajeno al caos, mientras el eco de los ladridos marca el tiempo; barcos de papel navegan en charcos, pequeños dispositivos de viaje y promesa que funcionan como metáforas de desplazamiento, espera y despedida. Estos elementos móviles introducen una dinámica de travesía y sugerencia de destinos mínimos —un espejo de agua en el suelo, la promesa de una visita— que sostienen la narración visual.

En el eje compositivo, una manzana encarna la tentación: un dulce pecado que hiere la niñez, conectado por una delgada cuerda a un trompo. El trompo, luego de su espectáculo de giros y colores, yace caído y exhausto a los pies de la torre, símbolo del agotamiento lúdico frente a la realidad transformada.

Babel es, en su esencia, una reflexión nostálgica y coral sobre la memoria histórica colectiva: cómo el suelo removido —el talpetate— no borró la capacidad de la inocencia para encontrar formas de permanecer en pie. La pieza invita a contemplar la resiliencia como un acto escultórico y poético: la infancia que, entre ruinas, rehace sus mapas y crea rituales de juego que sostienen la vida.

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La Decapitación de un País

Acuarela sobre papel que plasma el dolor y la inacción de una sociedad ante un verdugo que parece gigante solo porque estamos de rodillas. Un testimonio visual de la sangre derramada y el silencio cómplice que asfixia a Guatemala.

Acuarela sobre papel que plasma el dolor y la inacción de una sociedad ante un verdugo que parece gigante solo porque estamos de rodillas. Un testimonio visual de la sangre derramada y el silencio cómplice que asfixia a Guatemala.

A veces el pincel no busca la belleza, sino la verdad cruda que nos rodea. Esta acuarela, realizada a principios de año, es mi crónica visual de un momento doloroso para Guatemala.

No es un jaguar; es una bestia que representa la decapitación de un país entero.

Es la imagen de un pueblo que solo llora y se lamenta, sin mover un dedo por justicia. Es ver cómo la sangre se ha derramado tanto que a nadie parece importarle. Es el acto de taparse los ojos cuando el verdugo levanta el hacha para acabar con todos.

Pero hay una verdad oculta en esta escena: ese verdugo, que viendo a todos arrodillados parece gigante, si nos paramos juntos es un ser minúsculo lleno de miedo. Esta obra es mi registro de esa tensión, de ese dolor y de la necesidad de despertar.

Despertar la memoria, la solidaridad y la acción. Despertar la voz colectiva que deje de llorar en silencio y comience a exigir cuentas. Despertar la certeza de que la impunidad solo se sostiene mientras cada uno acepta ser cómplice con su indiferencia. Despertar la valentía para mirar al verdugo a los ojos y negarle el miedo que lo alimenta.

En la acuarela utilicé lavados difusos para la multitud: manchas que se funden unas con otras, rostros sin rasgos definidos, para sugerir la anonimidad del sufrimiento y la parálisis social. El contraste lo da la criatura, trazada con pinceladas ásperas y pigmentos más densos, una presencia grotesca que ocupa el centro de la composición. La sangre se convierte en línea y en mancha, recorridos que guían la mirada y que, a la vez, exigen respuesta.

Quise también jugar con la escala y la perspectiva: la figura del verdugo domina la escena por la postura de quienes le rodean, no por su tamaño intrínseco. Es una invitación visual a reconsiderar nuestras proporciones morales: si nos ponemos hombro con hombro, lo que parece invencible se revela frágil.

No es una obra que busque consuelo. Es una llamada a mirar, a nombrar y a actuar. A transformar el duelo pasivo en fuerza colectiva. A convertir la pintura en herramienta de memoria y de resistencia, para que la historia no se repita por omisión.

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Bitácora de Proceso Mauricio Miranda Bitácora de Proceso Mauricio Miranda

El umbral y el pincel: Lo que el cáncer me enseñó sobre la libertad de crear

Recordar el 2022 es volver a un tiempo donde el control dejó de pertenecerme. Entre quimioterapias y el sistema de salud en Guatemala, descubrí que el arte no es un trabajo, sino la forma de digerir lo que las palabras son incapaces de hablar."

Recordar el 2022 es volver a un tiempo despojado de la arrogancia que solemos tener cuando creemos que el control nos pertenece. Ese año aprendí que la vida puede cambiar en un instante; me enteré de que podía morir de algo que jamás cruzó mi mente: cáncer.

Al principio, mi ignorancia sobre la enfermedad era total. No sabía qué era una quimioterapia, ni el peso que esa palabra cobraría en mi cuerpo. Pero en Guatemala, el diagnóstico es solo la mitad del problema. La otra mitad es la realidad económica: aterrizar en el hecho de que un tratamiento puede ser inalcanzable.

El laberinto del proceso

Mi paso por el INCAN (Instituto de Cancerología) fue un choque cultural y emocional. Sentí que entraba en una máquina del tiempo detenida en los años 70, donde el maltrato del tiempo se reflejaba en cada pasillo. En ese momento, uno no tiene la capacidad psicológica para lidiar con trámites y entrevistas burocráticas mientras el miedo te respira en el cuello.

Sin embargo, la solidaridad apareció. Gracias a un desayuno organizado por mi familia, recaudamos Q.38,000. Aunque parece mucho, en el mundo de la oncología —con hospitalizaciones de emergencia y medicamentos imprevistos— es apenas un respiro. Gracias a un consejo providencial, terminé mi tratamiento en un pequeño hospital en Jocotenango, cerca de Antigua Guatemala, bajo el cuidado de un oncólogo que me devolvió la sensación de que, pese al riesgo, todo estaba bajo control.

Pintar desde el umbral

Empecé el tratamiento tras una descompensación de sodio que me hizo alucinar; imágenes surrealistas que, irónicamente, se convirtieron en material para mi obra. Allí comprendí que el verdadero desafío no siempre es el cáncer, sino el tratamiento: ese proceso que te acerca, una y otra vez, a una puerta que sabes que debe permanecer cerrada.

En el segundo ciclo, nació una necesidad pequeña pero urgente: compré una libreta y acuarelas portátiles.

Decidí que dibujaría solo lo que viniera a mi mente durante y después de las sesiones. Ese cuaderno se volvió mi compañero. Recuerdo el dolor en la mano derecha por el catéter mientras intentaba trazar, pero también recuerdo cómo el dibujo me sacaba de ese estado de dolor.

El arte como digestión

Hoy miro esos dibujos y veo una fluidez que antes no conocía. Eran trazos sin apegos. Entendí que el arte es eso que ocurre cuando dejas de competir o de intentar demostrar algo, para simplemente digerir lo que las palabras son incapaces de hablar.

El cáncer me confirmó que mi oficio no es solo un trabajo; es esa motivación extraña de intentar decir algo de forma diferente. No creamos para que nos acepten o nos entiendan, sino para sentirnos conectados y conscientes de ese presente donde el cuerpo y el alma finalmente se encuentran.

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