100% Puro: queremos nuestro café. Ese sabor del café de altura, ese aroma de las faldas del volcán de Acatenango. Esta obra recuerda al niño que deja su niñez cargando un saco de café; al niño que los cafés de lujo no quieren ver, a las marcas famosas que ocultan lo que hay detrás.
Fue ayer, o fue hoy —no sé—, pero al niño lo sigo viendo. Porque el café sigue siendo 100% puro y los baristas afinan el olfato para saborear ese olor único del café 100% puro de Guatemala. De esa región donde faltan salud, caminos, seguridad, bienestar, y sobra el hambre. Fue ayer, no lo sé, solo sé que es un niño el que lleva tu café.
La pintura toma esa contradicción: la nobleza del grano y la dureza del camino. Los tonos marrones y rojizos trazan la tierra y la semilla; las manos pequeñas, curtidas, sostienen un saco que pesa más que su infancia. En el fondo, el volcán impone su silueta como testigo antiguo. La obra no juzga con palabras; expone con imágenes la distancia entre la taza perfecta y la vida que la sostiene.
Queremos que quien vea la pieza recuerde dos cosas a la vez: la fragancia intensa que nace en las faldas de Acatenango y la presencia humana que la hace posible. Que el aroma del café sea un llamado a reconocer, a no invisibilizar, a exigir justicia y dignidad. Porque 100% puro también debe significar 100% justo.
100% Puro: queremos nuestro café. Ese sabor del café de altura, ese aroma de las faldas del volcán de Acatenango. Esta obra recuerda al niño que deja su niñez cargando un saco de café; al niño que los cafés de lujo no quieren ver, a las marcas famosas que ocultan lo que hay detrás.
Fue ayer, o fue hoy —no sé—, pero al niño lo sigo viendo. Porque el café sigue siendo 100% puro y los baristas afinan el olfato para saborear ese olor único del café 100% puro de Guatemala. De esa región donde faltan salud, caminos, seguridad, bienestar, y sobra el hambre. Fue ayer, no lo sé, solo sé que es un niño el que lleva tu café.
La pintura toma esa contradicción: la nobleza del grano y la dureza del camino. Los tonos marrones y rojizos trazan la tierra y la semilla; las manos pequeñas, curtidas, sostienen un saco que pesa más que su infancia. En el fondo, el volcán impone su silueta como testigo antiguo. La obra no juzga con palabras; expone con imágenes la distancia entre la taza perfecta y la vida que la sostiene.
Queremos que quien vea la pieza recuerde dos cosas a la vez: la fragancia intensa que nace en las faldas de Acatenango y la presencia humana que la hace posible. Que el aroma del café sea un llamado a reconocer, a no invisibilizar, a exigir justicia y dignidad. Porque 100% puro también debe significar 100% justo.