Arte con valor, Obra con criterio Mauricio Miranda Arte con valor, Obra con criterio Mauricio Miranda

El Caballo de Troya

El Caballo de Troya me deja ver lo inocente que parece y lo colorido que esconde su lado oscuro. Cuando se recibe como un obsequio o una dádiva, una estrella se oculta en el horizonte.

"Una pieza del año pasado que hoy vuelve a resonar en mi taller..

Una pieza del año pasado que hoy vuelve a resonar en mi taller..

El Caballo de Troya

31 cm × 31 cm | 2025

Explicar las obras me parece siempre innecesario, por lo menos de parte de quien las realiza. Lo que intento aquí no es explicarla, sino escribir inspirado por ella.

El Caballo de Troya me deja ver lo inocente que parece y lo colorido que esconde su lado oscuro. Cuando se recibe como un obsequio o una dádiva, una estrella se oculta en el horizonte.

Vemos el circo al que pertenece este caballito que no descansa: un delincuente con traje de justiciero que llega con ideas y justicia dudosas, barriendo poblados donde los incautos aclaman mientras entregan su tierra. Hay raíces que se esconden tras el paso de este caballo de Troya, el cual intenta ocultar sus manchas de sangre de otros pueblos.

Sigue el camino de la ruina destruyendo el Sur, amando su propia avaricia, ciego y mentiroso. La evidencia es tan clara que no se necesita lupa para encontrar las intenciones manifiestas de este caballito, guiado por esa estrella que falsamente cree que es su norte.

Disponible

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Pintura, Arte con valor Mauricio Miranda Pintura, Arte con valor Mauricio Miranda

Banana Republic

Una obra nacida entre 2020 y 2021 para Juannio, concebida como una doble sátira: el repudio al arte especulativo y trillado de Cattelan, en contraste directo con la herida histórica del derrocamiento de Árbenz y el saqueo en nuestra tierra.

La obra Banana Republic (1.50 m x 1.50 m) la realicé para participar en Juannio 2021. La pieza fue aceptada, aunque no pasó la segunda curaduría. No me preocupa en absoluto: sé que el tema puede resultar incómodo o fuerte para algunos. La obra contiene una doble sátira que enlaza mi repudio al arte de Maurizio Cattelan con mi indignación por más de medio siglo de aquel acontecimiento que dejó una herida profunda en un pueblo que aún sufre sus consecuencias.

No es una obra hecha desde el resentimiento; es una postura puntual y directa que trasciende la simple observación de “qué real se ve el banano”. El banano de Cattelan —fachada de un arte corrupto, triste y especulativo, valorizado en cifras absurdas— contrasta con la mentira impuesta a un pueblo ingenuo. El derrocamiento de Árbenz fue una falacia: un acto cobarde y traicionero de bandoleros apoyados por un gobierno poderoso, ciego y expansionista. Quise evitar ambigüedades, folklore cosmético o embellecimiento estético; aquello que exige decirse, lo dije con claridad.

Hoy la obra permanece en el taller. La bananera ya no está exactamente como al inicio; en su lugar la palma africana arrasa el suelo, metáfora de cómo el banano arrasó la esperanza en un momento en que el cambio era real. Es una narración visual que el mundo conoce en sus términos históricos; lo que a veces ignora es que El Comediante de Cattelan solo desnuda la situación de un arte especulativo que acapara espacios y opaca el arte verdadero.

Ficha técnica:

  • Título: Banana Republic

  • Técnica: Técnica mixta sobre lienzo

  • Medidas: 1.50 m x 1.50 m (150 cm x 150 cm)

  • Año: 2020–2021

  • Estado: Disponible en el catálogo del taller y Galería (aqui). Consultas sobre adquisición y disponibilidad por mensaje directo o correo.

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Crónica Visual Mauricio Miranda Crónica Visual Mauricio Miranda

La Decapitación de un País

Acuarela sobre papel que plasma el dolor y la inacción de una sociedad ante un verdugo que parece gigante solo porque estamos de rodillas. Un testimonio visual de la sangre derramada y el silencio cómplice que asfixia a Guatemala.

Acuarela sobre papel que plasma el dolor y la inacción de una sociedad ante un verdugo que parece gigante solo porque estamos de rodillas. Un testimonio visual de la sangre derramada y el silencio cómplice que asfixia a Guatemala.

A veces el pincel no busca la belleza, sino la verdad cruda que nos rodea. Esta acuarela, realizada a principios de año, es mi crónica visual de un momento doloroso para Guatemala.

No es un jaguar; es una bestia que representa la decapitación de un país entero.

Es la imagen de un pueblo que solo llora y se lamenta, sin mover un dedo por justicia. Es ver cómo la sangre se ha derramado tanto que a nadie parece importarle. Es el acto de taparse los ojos cuando el verdugo levanta el hacha para acabar con todos.

Pero hay una verdad oculta en esta escena: ese verdugo, que viendo a todos arrodillados parece gigante, si nos paramos juntos es un ser minúsculo lleno de miedo. Esta obra es mi registro de esa tensión, de ese dolor y de la necesidad de despertar.

Despertar la memoria, la solidaridad y la acción. Despertar la voz colectiva que deje de llorar en silencio y comience a exigir cuentas. Despertar la certeza de que la impunidad solo se sostiene mientras cada uno acepta ser cómplice con su indiferencia. Despertar la valentía para mirar al verdugo a los ojos y negarle el miedo que lo alimenta.

En la acuarela utilicé lavados difusos para la multitud: manchas que se funden unas con otras, rostros sin rasgos definidos, para sugerir la anonimidad del sufrimiento y la parálisis social. El contraste lo da la criatura, trazada con pinceladas ásperas y pigmentos más densos, una presencia grotesca que ocupa el centro de la composición. La sangre se convierte en línea y en mancha, recorridos que guían la mirada y que, a la vez, exigen respuesta.

Quise también jugar con la escala y la perspectiva: la figura del verdugo domina la escena por la postura de quienes le rodean, no por su tamaño intrínseco. Es una invitación visual a reconsiderar nuestras proporciones morales: si nos ponemos hombro con hombro, lo que parece invencible se revela frágil.

No es una obra que busque consuelo. Es una llamada a mirar, a nombrar y a actuar. A transformar el duelo pasivo en fuerza colectiva. A convertir la pintura en herramienta de memoria y de resistencia, para que la historia no se repita por omisión.

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