Desalojo

Ayer, 30 de julio de 2026, un nuevo desalojo violento contra una mujer de más de 70 años se viralizó en las redes de Guatemala. No es un hecho aislado: ¿cuántas aldeas y pueblos no han sido víctimas de esta degradante e inhumana práctica? La noticia aparece, indigna por un momento a algunos, y luego todo vuelve a su rutina de indiferencia. Y cuando digo “todo”, me refiero a ese engranaje que vende una imagen turística pulcra —color, paisajismo y un espejismo de realidades— mientras las verdades que gritan desde las comunidades se mantienen fuera de foco. Los turistas prefieren no enfocar con sus cámaras lo que desordena el relato cómodo.

La realidad existe y no es subjetiva. Lo que circula y se consume fácil es el arte barato y complaciente: trajes típicos, paisajes idealizados, postales que esconden depredación y voracidad. Ese arte se cuelga en paredes porque no incomoda. En un contexto donde muchos venden su dignidad por aceptación, por ventas, por aplausos, podemos estar seguros de que los desalojos seguirán.

Esta acuarela la realicé en 2024 tras las masivas expulsiones realizadas por la PNC, cuando numerosas comunidades fueron violentadas y los crímenes y las corruptelas siguieron pululando ante las autoridades. La obra no pretende ser escaparate; es denuncia y memoria. Recordar estas violencias es un acto necesario para que la ciudad, el Estado y quienes lucran con una imagen embellecida no oculten más la destrucción real que ocurre aquí.

No podemos seguir naturalizando las expulsiones y la indiferencia. El arte auténtico debe romper la complacencia: mostrar, nombrar, confrontar. Si seguimos eligiendo la postal en lugar de la verdad, las paredes seguirán cubriendo las heridas y las expulsiones continuarán sin consecuencia.

Anterior
Anterior

Mural en las faldas del volcán AcatenangoProyecto: Parque / Finca San Sebastián

Siguiente
Siguiente

Sigo Aquí