El umbral y el pincel: Lo que el cáncer me enseñó sobre la libertad de crear
Recordar el 2022 es volver a un tiempo donde el control dejó de pertenecerme. Entre quimioterapias y el sistema de salud en Guatemala, descubrí que el arte no es un trabajo, sino la forma de digerir lo que las palabras son incapaces de hablar."
Recordar el 2022 es volver a un tiempo despojado de la arrogancia que solemos tener cuando creemos que el control nos pertenece. Ese año aprendí que la vida puede cambiar en un instante; me enteré de que podía morir de algo que jamás cruzó mi mente: cáncer.
Al principio, mi ignorancia sobre la enfermedad era total. No sabía qué era una quimioterapia, ni el peso que esa palabra cobraría en mi cuerpo. Pero en Guatemala, el diagnóstico es solo la mitad del problema. La otra mitad es la realidad económica: aterrizar en el hecho de que un tratamiento puede ser inalcanzable.
El laberinto del proceso
Mi paso por el INCAN (Instituto de Cancerología) fue un choque cultural y emocional. Sentí que entraba en una máquina del tiempo detenida en los años 70, donde el maltrato del tiempo se reflejaba en cada pasillo. En ese momento, uno no tiene la capacidad psicológica para lidiar con trámites y entrevistas burocráticas mientras el miedo te respira en el cuello.
Sin embargo, la solidaridad apareció. Gracias a un desayuno organizado por mi familia, recaudamos Q.38,000. Aunque parece mucho, en el mundo de la oncología —con hospitalizaciones de emergencia y medicamentos imprevistos— es apenas un respiro. Gracias a un consejo providencial, terminé mi tratamiento en un pequeño hospital en Jocotenango, cerca de Antigua Guatemala, bajo el cuidado de un oncólogo que me devolvió la sensación de que, pese al riesgo, todo estaba bajo control.
Pintar desde el umbral
Empecé el tratamiento tras una descompensación de sodio que me hizo alucinar; imágenes surrealistas que, irónicamente, se convirtieron en material para mi obra. Allí comprendí que el verdadero desafío no siempre es el cáncer, sino el tratamiento: ese proceso que te acerca, una y otra vez, a una puerta que sabes que debe permanecer cerrada.
En el segundo ciclo, nació una necesidad pequeña pero urgente: compré una libreta y acuarelas portátiles.
Decidí que dibujaría solo lo que viniera a mi mente durante y después de las sesiones. Ese cuaderno se volvió mi compañero. Recuerdo el dolor en la mano derecha por el catéter mientras intentaba trazar, pero también recuerdo cómo el dibujo me sacaba de ese estado de dolor.
El arte como digestión
Hoy miro esos dibujos y veo una fluidez que antes no conocía. Eran trazos sin apegos. Entendí que el arte es eso que ocurre cuando dejas de competir o de intentar demostrar algo, para simplemente digerir lo que las palabras son incapaces de hablar.
El cáncer me confirmó que mi oficio no es solo un trabajo; es esa motivación extraña de intentar decir algo de forma diferente. No creamos para que nos acepten o nos entiendan, sino para sentirnos conectados y conscientes de ese presente donde el cuerpo y el alma finalmente se encuentran.
El Arte como Sanación en la Tierra del Olvido
El arte no es un objeto de decoración para oficinas o galerías vacías; es un decreto personal para sanar el dolor de ser humano. En esta reflexión, exploro el derecho a tener voz propia en una Guatemala de contrastes, donde la sátira y la verdad son nuestra única resistencia frente a lo ridículo.
Nunca he militado en un partido político, y no siento que me haga falta para tener una voz. Creo que el derecho a interpretar el mundo nos pertenece a todos desde que nacemos. Hoy comparto esta obra porque respeto su crudeza; en ella se mezclan la sátira y una certeza que me sostiene: “El arte sí sirve para algo”.
A veces el mundo se llena de argumentos vagos que intentan ponerle precio o etiquetas técnicas a lo que otros crean. Sin embargo, en mi proceso personal, he aprendido a ser mi propio observador. No entiendo el arte como un objeto para decorar oficinas o paredes frías de galerías; para mí, el acto de crear ocurre en el silencio y tiene un propósito claro: sanar el dolor de ser humano.
Escribo esto con el amor y el dolor que me provoca vivir en un lugar tan hermoso como Guatemala. Me duele ver cómo la belleza y la bondad de nuestra naturaleza conviven con instituciones que parecen diseñadas para proteger intereses ajenos al bien común. En esos espacios se aglomeran formas de pensar que se sienten poderosas, pero que son ajenas a la realidad que tú y yo vivimos. Ellos parecen estorbar el camino, pero al final, lo único que prevalece es lo que construimos con honestidad.
"El arte no es la meta, es el camino".
El camino del Arte no es una meta, es solo un camino que vale la pena caminar...
Decidí crear este espacio porque me di cuenta de que necesitaba compartir lo que me motiva... Mi esperanza es que estas palabras inspiren a otros a buscar su propio 'elemento'. Honestamente, creo que nunca dejamos de buscar; el arte no es una meta, es un camino que definitivamente vale la pena recorrer