El desorden ordenado de la mente
Mucha gente me pregunta cómo empiezo una obra. Hoy les comparto un pedazo de mi intimidad en el taller: las páginas de mis cuadernos.
Mis cuadernos son el primer territorio de la obra. Ahí conviven ideas crudas y decisiones técnicas, garabatos que parecen accidentes y anotaciones que terminan siendo reglas. Cada página documenta el tránsito entre la intuición y la materialidad: bocetos rápidos, pruebas de color, estudios de composición, notas sobre escala y anclaje, y fragmentos de texto que recuerdan por qué nació la idea.
Así trabajo:
Observación y captura. Camino el lugar en la mente y en fotos, recojo sensaciones, texturas y trazos de luz. En el cuaderno registro referencias visuales, medidas básicas y palabras clave que articulan la intención emocional del mural.
Boceto gestual. Dibujo a mano alzada sin exigir perfección. Busco la energía del gesto, la dirección principal del movimiento y la relación entre figuras y vacío. Estos primeros trazos me permiten probar varias posibilidades rápidamente.
Mucha gente me pregunta cómo empiezo una obra. Hoy les comparto un pedazo de mi intimidad en el taller: las páginas de mis cuadernos. En una misma hoja conviven la idea para un mueble con medidas exactas, la crítica hacia la realidad que vivimos, un chiste sobre frijoles cantando y figuras místicas que bajan a mi cabeza. Todo al mismo tiempo. Muchos de estos trazos nunca se convirtieron en cuadros grandes; se quedaron aquí, capturando un día, un año o una frustración específica. Decidí que es hora de que dejen de estar escondidos en la gaveta.
Por eso he abierto estas páginas al mundo: no como borradores vergonzantes, sino como relatos en bruto del proceso. Aquí no hay cortes ni filtros. Hay errores que se vuelven recursos, tachaduras que se transforman en textura y notas marginales que prueban un color o un gesto. Cada hoja es un pequeño archivo de intenciones —un archivo donde conviven la urgencia de una idea y la paciencia de otra—, y juntas explican por qué una pared finalmente pide ser intervenida.
Compartir estos cuadernos es ofrecer el mapa de mis dudas y certezas. Es mostrar que la creación no es un acto solemne e instantáneo, sino una conversación larga entre mano, memoria y entorno. A veces una mirada perdida en una esquina del cuaderno me arrastra a un mural; otras, una ocurrencia absurda se queda como risa privada. Todo eso alimenta la obra final: los detalles técnicos, las citas anotadas, las proporciones y las ocurrencias disparatadas forman la genealogía de cada pieza.
En los próximos días iré subiendo páginas seleccionadas: bocetos, plantas, esquemas de color, notas escritas a las tres de la mañana y dibujos que no pidieron permiso. No busco perfección; busco honestidad. Si alguna página se siente cercana, tómala como invitación a mirar el proceso detrás del mural: la intuición que precede al trazo firme, la duda que exige ensayo y la paciencia que permite que todo cobre escala.
Bienvenidos a la gaveta abierta. Aquí comienza el diálogo.