Pintura, pinturas originales Mauricio Miranda Pintura, pinturas originales Mauricio Miranda

Babel: El realismo mágico y mis memorias del terremoto de 1976

El arte tiene el poder de transformar el escombro en poesía y la fractura en memoria viva. Hoy quiero compartir con ustedes una de las piezas más íntimas y profundas que he pintado en los últimos años: Babel (2021), un acrílico sobre lienzo de 80x80 cm que marca la segunda entrega de una serie conceptual de tres piezas.

El arte tiene el poder de transformar el escombro en poesía y la fractura en memoria viva. Babel (2021), acrílico sobre lienzo, 80 x 80 cm, constituye la segunda entrega de una serie conceptual de tres piezas donde convergen recuerdo, magia y reconstrucción.

Nacida desde un realismo mágico íntimo, esta obra es una cartografía emocional de mi infancia tras el terremoto de 1976 en Guatemala. El paisaje cambió de golpe; sin embargo, la mirada infantil privilegia grietas y pasadizos por los que continuar jugando. Esa tensión entre destrucción y juego atraviesa cada plano del cuadro.

El campo visual está dominado por el color naranja del talpetate, esa tierra-barro que define el terreno y la memoria física del lugar. Sobre ella se alza una torre inestable, una arquitectura hecha de blocks de concreto y coronada por láminas viejas: estructura ambivalente que para los adultos puede ser refugio o escombro, y para los niños se convierte en laberinto místico. Sus pasillos y umbrales remiten a la arquitectura secreta —a monasterios, a catacumbas— que alimentan la imaginación infantil.

La escena incorpora la cotidiana reconstrucción: un niño que juega, ajeno al caos, mientras el eco de los ladridos marca el tiempo; barcos de papel navegan en charcos, pequeños dispositivos de viaje y promesa que funcionan como metáforas de desplazamiento, espera y despedida. Estos elementos móviles introducen una dinámica de travesía y sugerencia de destinos mínimos —un espejo de agua en el suelo, la promesa de una visita— que sostienen la narración visual.

En el eje compositivo, una manzana encarna la tentación: un dulce pecado que hiere la niñez, conectado por una delgada cuerda a un trompo. El trompo, luego de su espectáculo de giros y colores, yace caído y exhausto a los pies de la torre, símbolo del agotamiento lúdico frente a la realidad transformada.

Babel es, en su esencia, una reflexión nostálgica y coral sobre la memoria histórica colectiva: cómo el suelo removido —el talpetate— no borró la capacidad de la inocencia para encontrar formas de permanecer en pie. La pieza invita a contemplar la resiliencia como un acto escultórico y poético: la infancia que, entre ruinas, rehace sus mapas y crea rituales de juego que sostienen la vida.

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Crónica Visual Mauricio Miranda Crónica Visual Mauricio Miranda

La Decapitación de un País

Acuarela sobre papel que plasma el dolor y la inacción de una sociedad ante un verdugo que parece gigante solo porque estamos de rodillas. Un testimonio visual de la sangre derramada y el silencio cómplice que asfixia a Guatemala.

Acuarela sobre papel que plasma el dolor y la inacción de una sociedad ante un verdugo que parece gigante solo porque estamos de rodillas. Un testimonio visual de la sangre derramada y el silencio cómplice que asfixia a Guatemala.

A veces el pincel no busca la belleza, sino la verdad cruda que nos rodea. Esta acuarela, realizada a principios de año, es mi crónica visual de un momento doloroso para Guatemala.

No es un jaguar; es una bestia que representa la decapitación de un país entero.

Es la imagen de un pueblo que solo llora y se lamenta, sin mover un dedo por justicia. Es ver cómo la sangre se ha derramado tanto que a nadie parece importarle. Es el acto de taparse los ojos cuando el verdugo levanta el hacha para acabar con todos.

Pero hay una verdad oculta en esta escena: ese verdugo, que viendo a todos arrodillados parece gigante, si nos paramos juntos es un ser minúsculo lleno de miedo. Esta obra es mi registro de esa tensión, de ese dolor y de la necesidad de despertar.

Despertar la memoria, la solidaridad y la acción. Despertar la voz colectiva que deje de llorar en silencio y comience a exigir cuentas. Despertar la certeza de que la impunidad solo se sostiene mientras cada uno acepta ser cómplice con su indiferencia. Despertar la valentía para mirar al verdugo a los ojos y negarle el miedo que lo alimenta.

En la acuarela utilicé lavados difusos para la multitud: manchas que se funden unas con otras, rostros sin rasgos definidos, para sugerir la anonimidad del sufrimiento y la parálisis social. El contraste lo da la criatura, trazada con pinceladas ásperas y pigmentos más densos, una presencia grotesca que ocupa el centro de la composición. La sangre se convierte en línea y en mancha, recorridos que guían la mirada y que, a la vez, exigen respuesta.

Quise también jugar con la escala y la perspectiva: la figura del verdugo domina la escena por la postura de quienes le rodean, no por su tamaño intrínseco. Es una invitación visual a reconsiderar nuestras proporciones morales: si nos ponemos hombro con hombro, lo que parece invencible se revela frágil.

No es una obra que busque consuelo. Es una llamada a mirar, a nombrar y a actuar. A transformar el duelo pasivo en fuerza colectiva. A convertir la pintura en herramienta de memoria y de resistencia, para que la historia no se repita por omisión.

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Bitácora de Proceso Mauricio Miranda Bitácora de Proceso Mauricio Miranda

El umbral y el pincel: Lo que el cáncer me enseñó sobre la libertad de crear

Recordar el 2022 es volver a un tiempo donde el control dejó de pertenecerme. Entre quimioterapias y el sistema de salud en Guatemala, descubrí que el arte no es un trabajo, sino la forma de digerir lo que las palabras son incapaces de hablar."

Recordar el 2022 es volver a un tiempo despojado de la arrogancia que solemos tener cuando creemos que el control nos pertenece. Ese año aprendí que la vida puede cambiar en un instante; me enteré de que podía morir de algo que jamás cruzó mi mente: cáncer.

Al principio, mi ignorancia sobre la enfermedad era total. No sabía qué era una quimioterapia, ni el peso que esa palabra cobraría en mi cuerpo. Pero en Guatemala, el diagnóstico es solo la mitad del problema. La otra mitad es la realidad económica: aterrizar en el hecho de que un tratamiento puede ser inalcanzable.

El laberinto del proceso

Mi paso por el INCAN (Instituto de Cancerología) fue un choque cultural y emocional. Sentí que entraba en una máquina del tiempo detenida en los años 70, donde el maltrato del tiempo se reflejaba en cada pasillo. En ese momento, uno no tiene la capacidad psicológica para lidiar con trámites y entrevistas burocráticas mientras el miedo te respira en el cuello.

Sin embargo, la solidaridad apareció. Gracias a un desayuno organizado por mi familia, recaudamos Q.38,000. Aunque parece mucho, en el mundo de la oncología —con hospitalizaciones de emergencia y medicamentos imprevistos— es apenas un respiro. Gracias a un consejo providencial, terminé mi tratamiento en un pequeño hospital en Jocotenango, cerca de Antigua Guatemala, bajo el cuidado de un oncólogo que me devolvió la sensación de que, pese al riesgo, todo estaba bajo control.

Pintar desde el umbral

Empecé el tratamiento tras una descompensación de sodio que me hizo alucinar; imágenes surrealistas que, irónicamente, se convirtieron en material para mi obra. Allí comprendí que el verdadero desafío no siempre es el cáncer, sino el tratamiento: ese proceso que te acerca, una y otra vez, a una puerta que sabes que debe permanecer cerrada.

En el segundo ciclo, nació una necesidad pequeña pero urgente: compré una libreta y acuarelas portátiles.

Decidí que dibujaría solo lo que viniera a mi mente durante y después de las sesiones. Ese cuaderno se volvió mi compañero. Recuerdo el dolor en la mano derecha por el catéter mientras intentaba trazar, pero también recuerdo cómo el dibujo me sacaba de ese estado de dolor.

El arte como digestión

Hoy miro esos dibujos y veo una fluidez que antes no conocía. Eran trazos sin apegos. Entendí que el arte es eso que ocurre cuando dejas de competir o de intentar demostrar algo, para simplemente digerir lo que las palabras son incapaces de hablar.

El cáncer me confirmó que mi oficio no es solo un trabajo; es esa motivación extraña de intentar decir algo de forma diferente. No creamos para que nos acepten o nos entiendan, sino para sentirnos conectados y conscientes de ese presente donde el cuerpo y el alma finalmente se encuentran.

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